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Hiperpolítica: politización extrema sin consecuencias políticas de Anton Jäger.

Lenin Brea Por Lenin Brea
7 agosto, 2026
en prensa MK, Sindicados Mentekupa
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La hiperpolítica nos confronta con un nuevo modo de interacción entre lo público y lo privado. Es dinámica, intensa y polarizante, pero también ideológicamente difusa, claramente inspirada en la fluidez del mundo digital.

Aquí el prefacio de Hyperplitics: politización extrema sin consecuencias políticas de Anton Jäger. El libro, es relevante para Venezuela y Latinoamérica, primero porque brinda un panorama analítico de la situación política de los EE.UU. y Europa con énfasis en el primero. 

Qué este panorama sea elaborado y enunciado desde una posición de izquierda no es cosa menor porque, como es sabido, ningún análisis político tiene el menor chance, sino renuncia a la objetividad para situarse desde el deseo. 

Además, la historización de las “formas políticas” (política de masas, pospolítica, antipolítica, hiperpolítica) que realiza puede servir por comparación y contraste para hacer lo propio por estos lares. Dicho de otra manera, el libro invita a pensar las formas políticas que han definido el devenir de la región.

Mediante el concepto de hiperpolítica Jäger busca:

… comprender lo que surge tras la política de masas del breve siglo XX (1914-1989), la pospolítica de la «muy larga» década de 1990 (1989-2008) y la antipolítica de la década de 2010. […] La hiperpolítica denota una tendencia más que un estilo totalizador. Sin embargo, este libro sostiene que constituye un polo gravitacional en el campo de fuerzas de la política del siglo XXI. Como tal, resulta indispensable para comprender la dinámica de movilización y contestación que determina el panorama contemporáneo. Pero esto solo puede comprenderse cuando se sitúa en una historia más amplia, que vincula el pasado y el presente en un esfuerzo de distanciamiento paciente.

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A line graph shows politicization and institutionalization from 1900 to 2020, with politicization fluctuating and institutionalization rising to a mid century peak before declining.

Figura 1: Politización e institucionalización en el desarrollo histórico

Puesto en forma esquemática, “la política de masas representa el modo clásico de la modernidad industrial”, que en la región quizás concurra con las políticas de sustitución de importaciones, e incluso en algunos casos, con la consolidación de los estados-nacionales; “la pospolítica coincide con la desindustrialización occidental y una nueva fase de globalización”, y aquí con la imposición del neoliberalismo, la radicalización del extractivismo y la maquilización, a la par que con el giro progresista que frenó en muchos lares aquel proyecto e impulsó otros vinculables a la política de masas; “la antipolítica es fruto de la gestión caótica de la crisis de 2008 y sus consecuencias”, aquí con el estancamiento y tránsito al fracaso de los proyectos de izquierda. “A mediados de la década de 2010, en medio del fenómeno Trump-Brexit, emerge la hiperpolítica”, la cual, tal vez sea correlacionable con el surgimiento de los proyectos de derecha y ultraderecha. 

En todo caso, en la medida en que el concepto denota “una tendencia más que un estilo totalizador”,  y un “polo gravitacional en el campo de fuerzas de la política del siglo XXI” quizás sea posible aprender sus formas en la región menos como una sucesión y más por su coexistencia en la que cada una mostraría rasgos específicos.

También destaca del libro que “cada forma política en discusión se explica mediante referencias a objetos culturales que evocan su sensibilidad; cada elemento se ubica luego en una cuadrícula paralela con coordenadas socioeconómicas”. En tal sentido Jäger vincula de forma pertinente el vínculo entre las pasiones o emociones políticas y su contexto social, político, económico y tecnológico.

En especial el último capítulo tiene un potencial heurístico para elaborar una respuesta a la pregunta que da su forma práctica a lo político: ¿Qué hacer? 

Publicamos el prefacio con la exclusiva intención de brindar a los lectores una muestra del trabajo de Jäger y de Verso Libros.

Lenin Brea

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Anton Jäger es historiador. En 2020, obtuvo su doctorado en la Universidad de Cambridge con la tesis El populismo y la democracia de los productores en Estados Unidos, 1877-1925 y es coautor, con Daniel Zamora, del libro Welfare for Markets: A Global History of Basic Income (University of Chicago Press, 2023).

Par de vínculos relevantes:

Meet the man whose groundbreaking book is being devoured by the left [Conozcan al hombre cuyo innovador libro está siendo devorado por la izquierda].

La era de la hiperpolítica, una conversación con Anton Jäger.

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Prefacio: Hiperpolítica, EE. UU.

Acelerando a través de la América de Reagan, en un relato tocquevilliano sobre «la única sociedad primitiva que queda en la Tierra», Jean Baudrillard observó una paradoja sobre el poder estadounidense a finales de la década de 1980. «Estados Unidos ya no tiene la misma hegemonía», pero «en cierto sentido, es indiscutible e incontestable». Anticipando el momento unipolar que vendría después, afirmó que «el poder estadounidense no parece inspirado por ningún espíritu o genio propio», sino que «funciona por inercia». Si Estados Unidos poseía originalmente las características del poder, ¿se encontraba ahora «en la etapa de renovación»? ¿O estaba entrando más bien en una fase de histéresis, el proceso por el cual algo continúa desarrollándose por inercia, de modo que un efecto persiste incluso cuando su causa ha desaparecido? Para Baudrillard, esta era la verdadera crisis del poder estadounidense: «una posible estabilización por inercia, de una asunción de poder en el vacío», muy parecida a «la pérdida de las defensas inmunitarias en un organismo sobreprotegido».[1]

Baudrillard ofreció dos explicaciones para dicha crisis. La primera fue la ausencia de adversarios fiables. Estados Unidos había sido más poderoso en las dos décadas posteriores a 1945, pero también lo habían sido las ideas y pasiones que se oponían a él: «Ya no existe una oposición real; la periferia combativa ha sido reabsorbida (China, Cuba, Vietnam); la gran ideología anticapitalista se ha vaciado de sustancia». La segunda explicación fue endógena: una pérdida de dinamismo interno: «Pero, de nuevo, aunque parece bastante claro que la maquinaria estadounidense ha sufrido algo parecido a una interrupción en la corriente, o a la ruptura del hechizo, ¿quién puede decir si esto es producto de una depresión o de un enfriamiento excesivo de la maquinaria? » .[2]

Dado el panorama político estadounidense de la década de 2020, el diagnóstico de Baudrillard parece profético. Hay enemigos por doquier: desde Teherán hasta Moscú y Pekín, sin mencionar a los defensores palestinos en Líbano, Yemen, Siria e Irak, pero apenas se vislumbra una recuperación del espíritu o la genialidad. Si bien el estatus de Estados Unidos como potencia hegemónica mundial parece nominalmente seguro —un imperio formal que se extiende desde Okinawa hasta Guam, pasando por Ramstein e Incirlik; un control indiscutible sobre la moneda de reserva mundial; la industria cultural más influyente y las fuerzas armadas más poderosas de la historia—, los costos del tambaleante sistema estadounidense se han vuelto sumamente evidentes. Los diversos parches para el malestar —mano de obra barata globalizada, deuda familiar sin fondo— comenzaron a desmoronarse en 2008; la siguiente ronda de soluciones —flexibilización cuantitativa, tasas de interés cercanas a cero— alimentó una crisis inmobiliaria, al tiempo que canalizaba fondos hacia monopolios tecnológicos y los superricos.

En la última década, el panorama político del país ha experimentado una serie de convulsiones espectaculares, con los dos partidos y electorados cada vez más distanciados. A pesar del dominio indiscutible de Estados Unidos en el escenario mundial y su continuo magnetismo cultural, a demócratas y republicanos les resulta prácticamente imposible coexistir en el mismo espacio político. En las recientes contiendas presidenciales, postulados clave de la democracia liberal —la oposición legítima, el traspaso pacífico del poder, la continuidad constitucional— parecieron estar en juego. La movilización extraparlamentaria, tanto en las calles como en los tribunales, fue instigada desde las altas esferas; la resistencia anti-Trump fue igualada por los disturbios del Capitolio del 6 de enero; la avalancha de demandas contra el cuadragésimo quinto presidente fue igualada por el procesamiento del desafortunado hijo del cuadragésimo sexto. La «estabilización por inercia» ha erosionado la capacidad de las élites estadounidenses para obtener el consentimiento de la población, y entre ellas mismas.

Desde la elección de Andrew Jackson en 1828, en la primera votación presidencial directa —tras la cual se permitió a los electores celebrar una barbacoa en el Despacho Oval—, la política estadounidense se ha caracterizado por una mezcla de demótica y plutocracia. En 2024, una versión tardíamente moderna de esta amalgama se presentó con estilo, aunque no exenta de un matiz de paranoia ausente en ciclos presidenciales anteriores y empañada por la sensación de que Estados Unidos ha perdido cada vez más el control sobre los acontecimientos políticos nacionales e internacionales, simbolizado por un jefe de Estado cuya capacidad mental era ahora motivo de conjetura.

Las elecciones de 2024 perpetuaron la turbulencia. Presidiendo una economía inflacionaria que se enfriaba lentamente y un orden internacional al borde del colapso, los demócratas de Harris y Biden buscaron consolidar un bloque transversal para estabilizar su control sobre el poder estadounidense en la próxima década y encaminar la economía mundial hacia una transición verde. Mientras tanto, el Partido Republicano se entregó por completo a su deriva bonapartista: un partido vaciado, más un cártel empresarial que una organización de masas, fue colonizado por operadores de Trump que se preparaban fanfarroneando para un cambio de régimen. Las convenciones de los partidos fueron meros escaparates: luchadores de la WWE y estrellas de la música country prometiendo proteger físicamente a su candidato en la Convención Nacional Republicana, raperos de Georgia haciendo la cuenta regresiva para los anuncios estatales en la Convención Nacional Demócrata; universitarios del Cinturón del Sol apoyando a Trump, poetisas de la Ivy League a favor de Harris.

La anatomía social de los dos partidos refleja la cambiante tectónica de la economía política estadounidense en la década de 2010, atrapada entre los supuestos imperativos de la reindustrialización verde y los de la producción de combustibles fósiles, tanto terrestres como marítimos; la lucha contra la inflación y la continua demanda del dólar como el activo más seguro del mundo. Dos bloques se han coagulado en torno a este complejo. Por un lado, una coalición interclasista e intensiva en carbono se agrupa en torno a Trump y sus compinches, en su mayoría purgados de los incondicionales neoconservadores del Partido Republicano, y que cambió a los conservadores suburbanos por trabajadores manuales periféricos, junto con la pequeña burguesía rural, la gerencia media extraurbana, los capitalistas inmobiliarios, los comerciantes de criptomonedas, el ala derecha de Silicon Valley y los productores de acero que sobrevivieron al ataque del laissez-faire de la década de 1980. En contraste a la coalición que formó Reagan, la de Trump está desprovista de graduados universitarios blancos pero es impulsada por votantes blancos sin títulos universitarios [3]. Se beneficia enormemente de las características antimayoritarias de la Constitución de los Estados Unidos y se basa en la supresión del voto, tanto formal como informal, para su mandato. Su capacidad de movilización se vio amortiguada por un magnate tecnológico al estilo de Ford que, hasta hace poco, esperaba utilizar a Trump para garantizar su acceso a fondos estatales, mientras que algunos líderes sindicales se han mostrado receptivos a una derecha revisionista dentro del partido, formalmente interesada en los sistemas de cogestión y la negociación colectiva de salarios.

Del otro lado se encuentra un Partido Demócrata de amplio espectro que parece haber redefinido la noción misma de una coalición «interclasista». Sociológicamente, el DNC ahora alberga a profesionales urbanos, activistas liberales de izquierda, veteranos de los derechos civiles, agentes de inteligencia y todas las facciones del capital estadounidense, desde los «progresistas» de Palo Alto hasta las altas finanzas de Wall Street. Un visitante de la Convención Nacional Demócrata de 2024 en Chicago señaló que ahora actúa como el partido del trabajo y del capital; el partido de los deudores y de los banqueros; el partido que se burla de la Ivy League pero está dirigido en gran medida por exalumnos de la Ivy League; el partido de los antimonopolistas y de Silicon Valley; el partido de los inmigrantes y de la seguridad fronteriza; el partido de los privilegiados y de los marginados; el partido del equipo de fútbol americano y de la sororidad; el partido de la familia y de la libertad; el partido de los altos al fuego y de la maquinaria de guerra; el partido que se opone al fascismo pero apoya un genocidio [4]. Sin embargo, esa imparcialidad [even-handedness] requiere corrección: banqueros y belicistas predominan en los círculos gobernantes demócratas, y entre sus filas se encuentran los endeudados y los marginados. Quizás la comparación más acertada sería un bloque de desarrollo peronista invertido, con el proletariado industrial excluido y el capital financiero dominando firmemente a su contraparte manufacturera.

A primera vista, el panorama político estadounidense actual ofrece un marcado contraste con los ciclos de quietud de la década de 1990 y principios de la de 2000. Entonces, el alboroto periodístico sobre escándalos sexuales y fraude electoral enmascaró el creciente repliegue de la vida pública iniciado por la población estadounidense. La participación electoral cayó al 49 por ciento de la población en edad de votar en las elecciones presidenciales de 1996. Tres años después, cuando Clinton entregó una medalla presidencial a John Rawls, elogiándolo como «quizás el mayor filósofo político del siglo XX» y alguien que había «ayudado a toda una generación de estadounidenses cultos a revivir su fe en la democracia», la desvinculación popular estaba alcanzando niveles que recordaban la primera era de Jim Crow y la era progresista [5]. Ahora, sin embargo, las asociaciones laborales y comunitarias se estaban disolviendo en el ácido de la desindustrialización y la lógica de mercado triunfante. Siempre una instancia de competencia partidista imperfecta, el duopolio estadounidense se estaba convirtiendo en un ejemplo efectivo de no competencia; Los pueblos semisoberanos, como los denominó en su momento el politólogo Elmer Schattschneider, eran cada vez más no soberanos [6]. En condiciones de convergencia, las guerras culturales por sí solas ofrecían un simulacro de rivalidad.

Esta quietud pospolítica persistió hasta principios de la década de 2000. Como señaló Perry Anderson en una reflexión sobre las elecciones de 2000, la ilusión de elección entre los aspirantes presidenciales ocultaba la rigidez del consenso subyacente a la contienda. La derrota de Gore en las elecciones presidenciales «había dado lugar, como era de esperar, a una leyenda partidista que la describía como un robo sin precedentes de la voluntad popular, que instauraba un régimen con las consecuencias sociales y políticas más nefastas». Sin embargo, para Anderson había motivos de sobra para adoptar una postura fríamente escéptica ante ambas afirmaciones; después de todo, «la diferencia entre Gore y Bush […] era modesta», mientras que una «izquierda que adoptó [el mito] se expuso como una dependencia atemorizada del establishment demócrata», incapaz de pensar más allá de la norma bipartidista [7]. Como Anderson reiteró en vísperas de la elección de Obama, «el conflicto partidista y la tensión ideológica son ahora mucho más intensos [en EE. UU.] que en Europa», no debido a un aumento del conflicto social, sino al «sistema de valores esquizofrénico de Estados Unidos: una cultura que combina la comercialización más desenfrenada con la sacralización más devota de la vida: ‘liberal’ y ‘conservadora’ en extremos iguales», con «apenas relevancia para la oposición al capital». [8]

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Apenas un cuarto de siglo después, algunas coordenadas del retrato ofrecido por Anderson parecen claramente desactualizadas. Con las consecuencias de la crisis financiera marcando un claro punto de inflexión, las protestas en los campus universitarios y en las calles han experimentado un aumento espectacular. La participación electoral también aumentó. En noviembre de 2008, cuando Wall Street se tambaleaba al borde del abismo, la participación alcanzó el 61,6 por ciento de la población con derecho a voto. En 2020 llegó al 66 por ciento, la mayor proporción de estadounidenses que votaron por un candidato presidencial desde 1900, disminuyendo ligeramente en 2024 al 64 por ciento, la segunda más alta en más de un siglo .

Las emociones políticas se han vuelto no solo más acaloradas, sino también más persistentes. Comparado con la rapidez con que se calmó el revuelo por el fallo de la Corte Suprema a favor de Bush Jr. en el recuento de votos de Florida en 2000, los supuestos retrocesos democráticos —ya sean de la derecha o de la izquierda— son ahora objeto de una indignación constante. Otro indicador de la intensidad de las emociones: la frecuencia de los intentos de asesinato presidencial en la última temporada ya ha superado a todas las campañas de las últimas cuatro décadas. Hubo tres a finales del siglo XIX: Lincoln en 1865, Garfield en 1881 y McKinley en 1901; seguidos unos sesenta años después por Kennedy y el fallido atentado contra Reagan en 1981, el último registrado hasta 2024. Hasta la fecha, se han realizado dos intentos contra la vida de Trump, una clara indicación de la diversidad de opciones que los ciudadanos estadounidenses perciben en las próximas elecciones. La vida política estadounidense, polarizada, paranoica y centrada en el juego suma cero, supera ahora a gran parte de Europa en cuanto a participación electoral y partidismo cultural. El consentimiento al orden dominante estadounidense ya no puede darse por sentado.

Sin embargo, en otros aspectos importantes, los fundamentos del análisis de Anderson han resistido el paso del tiempo. Ambos partidos siguen comprometidos con la preservación del hiperpoder estadounidense en el extranjero, con ligeras variaciones en la modalidad. Diversas formas de mercantilización aún caracterizan sus propuestas políticas: por parte de los demócratas, un Estado de transferencia que estimula la inversión ecológica mediante subsidios y garantías de beneficios, y por parte de los republicanos, barreras arancelarias y recortes de impuestos. El término «partido» resulta quizás demasiado halagador para estas camarillas informales de funcionarios electos, donantes, publicistas y aspirantes a candidatos, sin modelos de afiliación formales y con escasa o nula infraestructura de la sociedad civil, salvo el personal de las ONG. En cambio, el Partido Republicano y el Partido Demócrata se entienden mejor como entidades paraestatales que han cambiado muy poco desde su descripción por Engels en 1891.

En ningún otro lugar los «políticos» forman un sector más separado y poderoso de la nación que en Norteamérica. Allí, cada uno de los dos grandes partidos que se suceden alternativamente en el poder está a su vez controlado por personas que hacen de la política un negocio… Encontramos aquí dos grandes bandas de especuladores políticos que se apoderan alternativamente del poder estatal y lo explotan por los medios más corruptos y para los fines más corruptos. [10]

Mientras tanto, tras una década de agitación política, los niveles de participación ciudadana y la densidad asociativa que caracterizaron la era de la política de masas apenas se han recuperado de los mínimos históricos alcanzados en la década de 1990. Para los incipientes movimientos sociales que operan en economías de servicios basadas en el endeudamiento, la solidaridad del mundo digital sigue siendo un sustituto insuficiente para la de la comunidad local y el lugar de trabajo.

Como era de esperar, esta situación ha desatado una frenética ronda de analogías históricas por parte de la intelectualidad de la costa. Para los analistas, Estados Unidos está viviendo su propio momento Weimar, un retorno a la Edad Dorada, un regreso a la primera época de Nixon o una reedición de las Guerras de Religión del Viejo Mundo. Aquí se pueden distinguir algunas corrientes hermenéuticas dominantes. Desde el auge de Trump en 2016, un sinfín de historiadores y subintelectuales han profetizado la tendencia del país hacia el fascismo. Historias sobre residentes aterrorizados de Ohio, el aumento de la actividad paramilitar y la retórica exterminacionista suelen conformar el argumento en cuestión, con los Proud Boys como un resurgimiento de la militancia de los Freikorps y un grupo de militantes del partido dedicados al Proyecto 2025. El trumpismo presenta aquí una versión contemporánea de una amenaza de extrema derecha propia del siglo pasado.

La comparación carece de fuerza evidente en muchos aspectos. Sobre todo, suprime uno de los elementos clave de cualquier amenaza de extrema derecha a lo largo del siglo XX: la presencia de una izquierda al borde de un avance revolucionario. Incluso en los análisis más convencionales del Tercer Periodo, el fascismo debía entenderse en una doble línea temporal: la incapacidad de las clases burguesas para estabilizar su poder tras la Primera Guerra Mundial y un proletariado cada vez más firme que luchaba por el poder estatal. Atrapadas en este limbo, las élites gobernantes invitaron a los partidos de veteranos frustrados a intervenir para resolver el estancamiento aplastando la amenaza anticapitalista; el fascismo expresó tanto la resolución como la represión del intermezzo revolucionario. Ninguna de estas características se aplica al caso estadounidense contemporáneo. ¿Qué logra entonces la heurística fascista? Retrospectivamente, su principal consecuencia fue aglutinar a la izquierda descontenta en torno a sus amos capitalistas, considerados el mal menor, como si los crímenes de Biden palidecieran ante los no muy diferentes de Trump.

Una analogía más reveladora es la sugerencia de que Estados Unidos está experimentando una «segunda Edad Dorada» [11]. Aquí se pueden encontrar algunas similitudes. En la primera Edad Dorada, la polarización partidista prevaleció sobre una economía extremadamente desigual en medio de la Segunda Revolución Industrial. Tras su reelección, Trump impuso aranceles similares a los de McKinley, con la esperanza de proteger al sector siderúrgico contra el exceso de capacidad global, mientras que ahora se busca indirectamente una devaluación del dólar. A finales del siglo XIX, una insurgencia populista externa al partido lo condujo en una dirección diferente, buscando flexibilizar la oferta monetaria. Entonces, como ahora, los demócratas eran vistos como una coalición predominantemente inflacionista, a favor de desvincularse de un patrón oro represivo, mientras que los republicanos se destacaron como un bloque deflacionario empeñado en mantener la trayectoria de desarrollo industrial del país.

Ahí terminan rápidamente las analogías. En lugar de una organización digital con actores poco coordinados, el populismo surgió de un movimiento agrícola cooperativo que ya se había afianzado en el Sur y el Medio Oeste; solo después de mucho tiempo fueron cooptados por los demócratas tradicionales. Este campesinado fronterizo buscaba integrarse a la modernidad corporativa. Era una época de creciente poderío estadounidense, lejos de su estancamiento; la producción de acero de EE. UU. ya había superado a la británica en la década de 1890; la inmigración masiva estaba en su punto más alto. La maquinaria, como diría Baudrillard, apenas comenzaba a acelerar.

La situación actual presenta, por tanto, un híbrido recalcitrante, difícil de relacionar con ejemplos históricos. Por un lado, la participación popular en la política estadounidense ha experimentado un resurgimiento relativo en comparación con el desinterés de la década de 1990 y principios de la de 2000. Por otro lado, la participación institucionalizada se encuentra en su nivel más bajo, mientras que los partidos estadounidenses se han cartelizado aún más y se han fusionado con sus medios de comunicación o sus donantes.

Durante la reciente «década de protestas», el declive secular de las organizaciones de membresía estadounidenses también se aceleró; sindicatos, clubes, asociaciones, partidos políticos e incluso —algo espectacular para la vida estadounidense— iglesias perdieron miembros, situación exacerbada por el auge de un nuevo circuito de medios digitales y el endurecimiento de las leyes laborales, acelerada por la «epidemia de soledad» que se extendió más allá de la de 2020. El resultado es una recuperación curiosamente en forma de K: mientras la erosión de la vida cívica estadounidense avanza a buen ritmo, la esfera pública del país está cada vez más sujeta a agitación y controversia convulsivas, desde teorías conspirativas en línea hasta el asalto a edificios gubernamentales. El descontento general es alto, alimentando las emociones políticas; la ira por el racismo policial o la violencia sionista —por la delincuencia de los inmigrantes o los globos meteorológicos chinos— estalla.

El resultado es una preponderancia de las «guerras de movimiento» en las redes sociales sobre las «guerras de posición» para la construcción de instituciones, con formas primarias de participación política tan efímeras como las transacciones comerciales. Esto es más una cuestión de necesidad que de elección: el entorno legislativo para la construcción de movimientos duraderos sigue siendo hostil, y los activistas estadounidenses deben lidiar con un panorama social viciado y una industria cultural de expansión sin precedentes.

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Bajo tales limitaciones estructurales subyacen cuestiones estratégicas. Si bien internet ha reducido drásticamente los costos de la expresión política, también ha pulverizado el terreno de la política radical, difuminando las fronteras entre partido y sociedad y generando un caos de actores en línea con mandatos vagos. Lo que Hobsbawm denominó «negociación colectiva mediante disturbios» sigue siendo preferible a la apatía pospolítica [12]. Sin embargo, sin partidos formalizados, es improbable que la política de protesta estadounidense nos devuelva a la hiperpolítica década de 1930. En cambio, podría dar paso a versiones posmodernas de los levantamientos campesinos del Antiguo Régimen: oscilaciones entre pasividad y actividad que siguen los ciclos mediáticos presidenciales, sin reducir jamás la desigualdad de poder general dentro de la sociedad. De ahí la recuperación divergente típica de la década de 2020, distinta de los panoramas de finales del siglo XX analizados por Anderson y Baudrillard.

La larga década de protestas que comenzó tras el colapso crediticio de 2008 puede interpretarse, entonces, no tanto como un exitoso ataque desde abajo contra la fortaleza de Washington, sino más bien como una mutación en los métodos de gestión de las relaciones entre la élite y las masas. La solución a la crisis de 2008 —el endeudamiento excesivo de las instituciones financieras—, impulsando la bolsa y los precios de los activos, amplió aún más la brecha entre la élite y la base en la política estadounidense, al igual que entre las distintas fracciones del capital. Sin embargo, no ha modificado la desigualdad social, y la supervisión popular sobre el aparato gubernamental sigue siendo débil.

Este es el tablero de ajedrez en el que se ha desarrollado el nuevo auge político. La esfera pública de la potencia hegemónica mundial ha sido reocupada, pero el estallido de repolitización no ha aumentado el control popular sobre el gobierno, ni ha puesto a su alcance áreas importantes de la formulación de políticas. El desajuste espectacular entre los insumos y los resultados, que los politólogos estadounidenses habían diagnosticado desde hace tiempo —el apoyo público a una propuesta (por ejemplo, Medicare) está correlacionado negativamente con su probabilidad de ser implementada como política— no ha hecho sino profundizarse, como lo demuestra el historial de Biden-Harris [13]. Inyectar dinero en la maquinaria fallida de Estados Unidos —8 billones de dólares bajo Trump I, otros 6 billones bajo Biden—, combinado con guerras indirectas [proxys] y la relocalización de la producción («una política exterior para la clase media»), produjo un repunte frenético que hizo que los salarios reales se quedaran muy por detrás de los precios de los alimentos, el combustible y la vivienda, y que las ganancias en el crecimiento del PIB nominal beneficiaran desproporcionadamente al 20 por ciento más rico. Dos tercios de los hogares estadounidenses declararon vivir al día, mientras que al 57 por ciento le resultó especialmente difícil afrontar los mayores costes de endeudamiento bajo Biden. [14]

Detrás de la coyuntura actual se esconden cuestiones que los pensadores de la izquierda estadounidense estaban más interesados en abordar en la década de 2010, cuando los debates sobre partidos sustitutos, rupturas sucias o grupos parlamentarios de izquierda mantenían una relevancia constante. Hoy, muy pocas de estas cuestiones siguen presentes en la mente de la izquierda. Como ha señalado Tim Barker, las figuras destacadas del progresismo estadounidense han mantenido una relación altamente edípica con los demócratas. Por un lado, es el partido supuestamente único responsable de la resolución de la campaña de castigo genocida de Israel, y por otro, ha servido durante mucho tiempo como una institución sagrada del sionismo de élite y del Estado de seguridad de la Guerra Fría [15]. Irónicamente, el resultado del ataque extrapartidista de la década de 2010 ha sido afianzar el control del Comité Nacional Demócrata como el horizonte de la izquierda estadounidense. Las emociones políticas exacerbadas también pueden ser captadas por los cárteles partidistas [16]. Después de una década de experimentación con la actividad partidista semiindependiente, el grupo conocido como «The Squad», que todavía se ve a sí mismo como un batallón ansioso por un mejor Partido Demócrata, es el principal remanente de la ola populista de izquierda de Estados Unidos.

El resultado no es necesariamente disfuncional para el orden gobernante del país. Lo que presagia para el futuro inmediato es probablemente más de lo mismo: desafíos extraparlamentarios, disputas legales, alta efervescencia política y, al igual que bajo Biden, la promulgación de una agenda bipartidista que pueda ser aprobada en un Congreso paralizado. A nivel internacional, esto significa apoyo material y cobertura legal para el expansionismo israelí y una guerra indirecta contra Irán, así como una postura agresiva hacia China y una guerra indirecta con Rusia, ambas mantenidas con un grado de ambivalencia prácticamente bipartidista. A nivel interno, sugiere una política de permisividad agresiva en la frontera sur de Estados Unidos, continuas tensiones en torno a las políticas estatales sobre el aborto, nuevos ajustes al código tributario y un recurrente engaño en materia de aranceles. La histéresis al estilo Baudrillard podría tener aún un largo camino por recorrer.

Anton Jäger

Notas

Prefacio: Hiperpolítica, EE. UU.

1. Jean Baudrillard, América , trad. Chris Turner (Londres: Verso, 1998; Londres: Verso, 2010), 126-128. Las citas se refieren a la edición de 2010.

2. Ibíd., 126-7.

3. Matthew Karp, “Partido y clase en la política estadounidense”, New Left Review II, n.º 139 (enero-febrero de 2023), 131-44.

4. Christian Lorentzen, “Not a Tough Crowd”, London Review of Books 46, n.º 17 (12 de septiembre de 2024).

5. Bill Clinton, “Discurso del Presidente en la entrega de la Medalla Nacional de las Artes y la Medalla Nacional de Humanidades”, Washington D.C., 29 de septiembre de 1999.

6. Peter Mair, “Gobernar el vacío”, New Left Review II, n.º 42 (noviembre-diciembre de 2006), 25-51, 25; citando a EE Schattschneider, El pueblo semisoberano: una visión realista de la democracia en Estados Unidos (Nueva York: Holt, Rinehart and Winston, 1960).

7 .Perry Anderson, “Elecciones en EE. UU.: Probando la fórmula dos”, New Left Review II, n.º 8 (marzo-abril de 2001), 5-22, 15.

8 .Perry Anderson, “Apuntes sobre la coyuntura”, New Left Review II, n.º 48 (noviembre-diciembre de 2007), 5–37, 25.

9. Según el conjunto de datos del Laboratorio Electoral de la Universidad de Florida, disponible en election.lab.ufl.edu .

10. Friedrich Engels, posdata de 1891 a Karl Marx, La guerra civil en Francia .

11. Matt Karp, “La política de una segunda Edad Dorada”, Jacobin , 17 de febrero de 2021.

12 .Eric Hobsbawm, “The Machine Breakers”, Past and Present 1, no. 1 (febrero de 1952), 57–70, 59.

13. Martin Gilens, “Desigualdad y capacidad de respuesta democrática: ¿Quién obtiene lo que quiere del gobierno?”, Documentos de trabajo del gobierno de Princeton , 2004.

14. Karen Petrou, “La política económica de Biden tiene un enemigo mortal, y no es Trump”, New York Times , 16 de noviembre de 2023.

15 .Tim Barker, “Falsas esperanzas”, Sidecar , 27 de septiembre de 2024, newleftreview.org .

16. Lorentzen, “Not a Tough Crowd”; sobre la Convención Nacional Demócrata de 2024: “He asistido a cuatro convenciones políticas anteriores y nunca he presenciado una multitud tan enamorada de los políticos o tan extasiada por expresarlo”.

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