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Aprovechando la oportuna publicación de la tercera edición en español de El Estado Mágico de Fernando Coronil, realizada por la Fundación Rosa Luxemburg, intentamos aproximarnos a esta obra con los acumulados y la hibridez que, a casi treinta años de su primera edición, nos permiten articular otro modo de lectura, que no solo pueda dar cuenta de los aportes, hipótesis y diálogos generados, sino que también nos permita valorar y rearticular el conjunto de interrogantes que, desde nuestro presente y expectativas de futuro, siguen interpelando el campo cultural, político y académico.
Ciertamente, tanto el contexto de producción como de publicación de El Estado mágico nos remiten a la época dorada del neoliberalismo y a la serie de movilizaciones sociales que hicieron de América Latina un continente convulso, a la par que las manifestaciones culturales alternaban la perspectiva trágica del no future, expresado, por ejemplo, en el documental Zoológico de Fernando Venturini (1992) y el horizonte de expectativas que las movilizaciones altermundistas y la resistencia contra el neoliberalismo desplegaban hacia el final de la década de los noventa.
Mientras en el campo académico de las ciencias sociales la democracia y sus procesos de ampliación eran un eje de debate producto de las rupturas con los regímenes dictatoriales del cono sur y el avance hacia los gobiernos estadales y municipales en otra parte de Latinoamérica, los debates y discusiones alrededor de la subalternidad, la poscolonialidad/decolonialidad y los estudios culturales, iban cobrando fuerza en mientras que sus dispositivos de construcción teórica se aproximaban tanto al estudio de lo popular, la cultura de masas y su relación con los ensamblajes hegemónicos, como a un punto de vista donde la articulación cultura y poder permitía caracterizar las formas de dominación y construcción ideológica más allá de la clásica división estructura/superestructura.
Que la obra de Coronil se inscriba en esta superficie, una donde el debate alrededor de la renta petrolera, el petróleo, el Estado y las élites atraviesa el tamiz de los estudios culturales, la poscolianidad y subalternidad, le otorga una potencialidad política que, leída desde abajo, se despliega en el terreno de la lucha de clases, puesto que sus marcas y acentuaciones nos permiten adentrarnos tanto en las discusiones de las élites políticas y económicas alrededor de los horizontes del futuro del país, por ejemplo, como a los objetos culturales disruptivos siempre susceptibles de ser captados y apropiados, por modos de ver y leer de las clases dominantes, al mejor estilo de las lógicas populistas descritas en la obra.
En este sentido, El Estado mágico deja una constante que interroga por los modos a partir de los cuales se han configurado, históricamente, las élites políticas y las clases dominantes en el país. Más que un estudio alrededor de la noción de naturaleza, petróleo y Estado en Venezuela, la obra de Coronil describe una línea de investigación que, analizando el poder y sus ensamblajes sociales, se abre hacia el estudio de las élites y la etnografía del poder y el Estado, en las tradiciones desarrolladas por Wrigth Mills, Abelés & Badaró, Gupta et al., etc.
Si nos referimos a la situación venezolana actual, la potencialidad política y hermenéutica del libro puede apreciarse si tras citar el fragmento de Cabrujas con que abre El Estado mágico, interrogamos tal como podemos suponer hizo alguna vez Coronil:
Nunca levantamos muchas salas de teatro en este país. ¿Para qué? La estructura principista del poder fue siempre nuestro mejor escenario […] ¿De dónde sacamos nuestras instituciones públicas? ¿De dónde sacamos nuestra noción de “Estado”? De un sombrero. De un rutinario truco de prestidigitación […]. La aparición del petróleo como industria creó en Venezuela una especie de cosmogonía. El Estado adquirió rápidamente un matiz “providencial”. Pasó de un desarrollo lento, tan lento como todo lo que tiene que ver con la agricultura, a un desarrollo “milagroso” y espectacular […]. Un candidato que no nos prometa el paraíso es un suicida. ¿Por qué? Porque el Estado no tiene nada que ver con nuestra realidad. El Estado es un brujo magnánimo […]. El petróleo es fantástico y por lo tanto induce a lo “fantasioso”. El anuncio de que éramos un país petrolero creó en Venezuela la ilusión de un mi- lagro. Creó en la práctica la “cultura del milagro” […]. La riqueza pe- trolera tuvo la fuerza de un mito […]. Betancourt, Leoni y Caldera no fueron demasiado lejos en ese “sueño venezolano” porque la realidad presupuestaria lo impedía. Seguíamos siendo ricos, pero no tan ricos. Pero vino el otro Pérez, Carlos Andrés Pérez, y allí sí encontramos la frase que nos definía. Estábamos construyendo La Gran Venezuela. Pérez no era un presidente. Era un mago. Un mago capaz de disparar- nos hacia una alucinación que dejaba pequeñas las fanfarronadas del perezjimenismo […]. Pérez Jiménez decretó el sueño del progreso. El país no progresó, desde luego. El país engordó […] [El gobierno de] Pérez Jiménez fue un debut: [el de] Carlos Andrés Pérez, una reprise. (Cabrujas, citado por Coronil, 2026, p. 65)
¿Seguimos teniendo un Estado mágico? ¿Perdió el «Estado su matiz providencial», «milagroso» y «espectacular»? ¿Prometer el paraíso dejó de ser el requisito indispensable para evitar el suicidio político? ¿Desapareció «la cultura del milagro»? ¿Quién es ahora el «brujo magnánimo», quién es o aspira a ser el «mago capaz de dispararnos hacia la alucinación»? ¿El petróleo sigue siendo «fantástico», esa panacea, por demás maravillosa aunque excremencial, que nos llevará como por encantamiento al desarrollo y más allá?, ¿qué fantasías induce el petróleo en la actualidad?, ¿cuáles desanima?, ¿existirá algo menos expectante que una fantasía?, ¿quiénes fantasean y quiénes tienen derecho a fantasear? ¿Sigue siendo el Estado como “estructura principista del poder” el escenario donde se representa la obra fantástica de nuestro progreso a lo Zenon? ¿Será que se acabó la función o se privatizó?
En adelante ofrecemos una interpretación de El Estado mágico que, sin perder de vista estas interrogantes, enfatiza la riqueza del enfoque cultural en la obra y en la lectura de la actualidad, y ofrece una clave de lectura que abre nuevas posibilidades de interpretación.
El Estado mágico, los estudios culturales y la crítica cultural
La vocación de los estudios culturales ha sido la de permitir a las personas entender lo que está sucediendo, y especialmente proporcionar maneras de pensamiento, estrategias de sobrevivencia, y recursos para la resistencia a todos los que son ahora excluidos en términos económicos, políticos y culturales, de algo que podría llamarse acceso a la cultura nacional de la comunidad nacional.
Stuart Hall. Sin garantías.
La máquina de escribir es un arma.
Rodolfo Walsh.
Tanto en la presentación de Lander (2026) como en la de Svampa (2026) se reconoce la influencia que Coronil tiene de las perspectivas subalterna y poscolonial, y en menor medida de los estudios culturales y la crítica cultural, en particular latinoamericanos. A este respecto, Coronil (2026) puntualiza:
Si bien puede resultar evidente que el punto de vista aquí presentado sobre la historia de Venezuela se nutre de la crítica poscolonial contemporánea, quizás no resulte tan obvio que lo hace vinculando obras recientes producidas a propósito del colonialismo de la Europa septentrional en Asia y África con una larga tradición caribeña y latinoamericana de reflexión crítica sobre el colonialismo y el imperialismo moderno.8
8 Estas referencias incluyen figuras de la centralidad de José Martí, Fernando Ortiz, Fernando Henrique Cardoso, C. L. R. James, Frantz Fanón y Stuart Hall. Quisiera reconocer públicamente la influencia que también he recibido de autores no académicos provenientes de la literatura (p. ej., José Lezama Lima, Pablo Neruda, Alejo Carpentier, Gabriel García Márquez, Augusto Roa Bastos); las artes visuales (los muralistas mexicanos, el pintor cubano Manuel Mendive y los venezolanos Apolinar, Emerio Darío Lunar, Miguel Von Dangel y Jacobo Borges); y, no menos importante, la música popular, en especial la música del Caribe, la cual, gracias a Ortiz, considero una forma de transculturación que afirma la vida. (P. 85)
Por lo general los estudios culturales son caracterizados a partir de la inter o transdisciplinariedad, pero en la nota al pie de página citada hay algo que define mejor a los estudios culturales: todos los autores «académicos» son más bien intelectuales políticamente comprometidos. Aunque puedan vincularse en alguna medida a instituciones académicas y a determinadas disciplinas (por lo general más de una) no eran profesores a tiempo completo, catedráticos, sabios; su praxis intelectual está inseparablemente vinculada a una voluntad de transformación social que se materializa en formas de lucha, creación institucional y formas de organización —trincheras de lucha, diría Gramsci—; asimismo, su obra no se comprende sin el claro posicionamiento político del que hace gala y como una respuesta situada a la cuestión de «qué hacer».
Con respecto a los autores «no-académicos», uno de los rasgos de los estudios culturales y de la crítica cultural es que el significado de los objetos y prácticas culturales trasciende su ámbito profesional, disciplinario, para enfocarse en su significado social, político y económico, y potencia performativa y prefigurativa. En tal sentido, Coronil usa la literatura, la pintura y la música para reconstruir y criticar el imaginario sobre el petro-Estado, en tanto que estas prácticas y sus productos ilustran y expresan, pero también configuran, dicho imaginario y a partir de allí la realidad. Así, los objetos y prácticas culturales que se entretejen en la obra no funcionan como un simple adorno retórico o una floritura discursiva. Por el contrario, se constituyen en documentos de primer orden, en el sentido de que son pensados, trabajados y articulados como fuentes históricas e ideológicas tan válidas como un relato etnográfico, un archivo oficial o un dato estadístico, rebasando la lógica academicista de las ciencias sociales «modernas», donde lo artístico y cultural es pensado como un simple reflejo pasivo de la época. En este sentido, El Estado mágico apuesta por rearticular la totalidad fundacional de las ciencias sociales.
Así, Relajo con energía, de Argenis Rodríguez (1980, Coronil, 2026), no solo expresa el imaginario y el sentir nacional sobre el poder durante del primer gobierno de CAP, es además una crítica polémica, un ataque contra el orden de cosas existentes, que configura el sentir e imaginario político. Igualmente, la música del Caribe deviene en una «afirmación de la vida» solo en tanto que es el fruto de una praxis que codifica y actualiza los sufrires y placeres, angustias y deseos de la experiencia caribeña, y produce algo nuevo a partir del choque entre lo ajeno y lo propio. Dicho de otra forma, es el resultado de una praxis cultural cuyo valor radica en expresar la creación de lo «extraordinario» en el «seno de la vida cotidiana».
Lo más reivindicable de esto es que el ser caribeño no se define por lo que fue, por sus «orígenes» precoloniales, ni tampoco por el deseo de recuperar un paraíso perdido o arrebatado, ni por la violencia sufrida, y tampoco por el intento de encontrar una identidad homogénea y pura radicada en el olvido o la negación del pasado; se define como el sujeto de una práctica creativa que actualiza sus posibilidades de existencia a partir de lo que fue y lo que hay. No existe «lo nuestro» y tampoco «lo ajeno» como una esencia, y menos originaria, esto solo existe como algo que va siendo y que en su devenir no tiene por qué cerrarse sobre el pasado ni sobre la violencia sufrida. Afirmar la vida en la praxis cultural es lo contrario de victimizarse.
En suma, lo mismo que las influencias «académicas», las «culturales» —y se destaca que Coronil no diferencia entre alta y baja cultura— se caracterizan por expresar imaginarios y sentires construidos desde algún nivel de organicidad social y política, y son consideradas tanto por su significación, es decir, como representaciones situadas de la realidad, como por su performatividad, por su capacidad de transformar el mundo.
Pero, quizás, uno de los aportes más relevantes de El Estado mágico es la forma en que «combina» los productos y perspectivas culturales y los de las ciencias sociales. En el próximo apartado expondremos esto a partir de la literatura, de momento interesa continuar con un mapeo de la influencia de los estudios culturales y la crítica cultural en su trabajo.
En tal sentido, además de las influencias mencionadas en las citas precedentes, es apreciable en el planteo de Coronil la influencia de los exponentes del Centro de Estudios Culturales Contemporáneos de Birmingham, en particular de Stuart Hall (1986), pero también de Raymond Williams (1973, 1983). Asimismo, aunque ajeno al mencionado centro de estudios, se observa la incidencia de Fredric Jameson (1881, 1988, 1990), y en especial de «Third-World Literature in the Era of Multinational Capital» (1986), texto que en su momento despertó una acalorada polémica a la cual refiere Coronil, no sin aportar a ella. Los estudios culturales y la crítica cultural latinoamericana se ven representados además por Ángel Rama (1982), García Canclini (1988, 1990), Nelly Richard (1987), Walter Mignolo (1991, 1992) y Beatriz Sarlo (1988), entre otros. Una serie de influencias que tendía a revitalizar y rearticular la centralidad del «punto de vista», puesto que los entrelazamientos citados recorren una trayectoria a contrapelo de las miradas estetizantes del campo cultural venezolano, resituándolas, de forma renovada, en su potencialidad política: el conflicto codificado, el detalle marginal, el síntoma social y las grietas de sentido que despliega cada obra, objeto o artefacto cultural citado.
En consecuencia El Estado mágico constituye un catálogo de objetos culturales pertinentes para el abordaje de las relaciones entre cultura, poder y significado, y más específicamente para la reconstrucción del devenir del petro-Estado venezolano.
En lo referente a la literatura, Coronil define el corpus de una posible investigación sobre el imaginario político latinoamericano, para lo cual:
Existen numerosas referencias literarias, pero quizás los textos esenciales sean Facundo (1845), de Domingo F. Sarmiento; Pedro Páramo (1955), de Juan Rulfo; El señor presidente (1946), de Miguel Ángel Asturias; El otoño del patriarca (1977), de Gabriel García Márquez; El reino de este mundo (1949) y El recurso del método (1974), de Alejo Carpentier; y Yo el supremo (1974), de Augusto Roa Bastos. (P. 264, nota al pie 1)
Se puede incluir en esta lista a dos autores venezolanos, Gallegos con Doña Bárbara (1929) y Cantaclaro (1934), y de manera muy especial a Argenis Rodríguez, que aparece en el libro a través de Relajo con energía (1980), pero cuya obra en su conjunto serviría para pensar el puntofijismo, e incluso definir su género propio: «lo escrito con odio».
En pintura, el cuadro de Jacobo Borges, Reunión en un círculo rojo que ha aparecido en la portada de todas las ediciones por insistencia de Coronil y luego de J. Skurki, ya que, «refleja la historia del Estado que representa», «despersonaliza a sus referentes, fusionando persona e institución para mostrar su presencia permanente como signos espectrales del poder» (2026, texto de la solapa), y las pinturas al óleo sobre billetes venezolanos de José Rafael Castillo Arnal, «pintor caraqueño critico del proyecto político de la élite gobernante» del momento (p, 684).
En música, el disco No me perdonan, producido por Alonso Toro, «músico venezolano cuyas imaginativas composiciones musicales incorporan fragmentos de discursos políticos con una estructura rítmica cuyo fin es parodiar el papel de la repetición en la vida política» (p. 655, nota al píe 1).
En cine, la película argentina «sobre el terror de Estado y la memoria histórica» (p. 69), La historia oficial, dirigida por Luis Puenzo.
En arquitectura, la lista es larga, nombramos aquí el mausoleo de Gómez, el Círculo Militar, el Hotel Humbolt y la Universidad Central de Venezuela, todos monumentos-signos del ejercicio del poder y la mezquindad del petro-Estado. En escultura, «la imponente estatua de María Lionza, realizada por el escultor Alejandro Colina», cuyo significado ha sido objeto de una larga disputa que aún continúa:
Como ha mostrado Barreto, los esfuerzos del Estado por regular y controlar esta religión popular hicieron que la imagen pública de María Lionza se modificara durante ese periodo (1948-1958): si al principio era una figura popular pagana que la escultura sensual y musculosa de Molina evoca, con el tiempo llegó a ser una imagen casta con un curioso parecido con la Virgen de Coromoto. (P. 344)
En teatro o dramaturgia, es omnipresente la obra de Cabrujas, cuya obra mirada se despliega desde las tablas hacia el pasado, presente y porvenir nacional, pero también la agrupación «El Retablo de las Maravillas, fundado por Manuel Rodríguez Cárdenas, a cargo de la Dirección de Cultura Obrera, dependiente del Ministerio del Trabajo» del gobierno de Pérez Jiménez y que «afirmaba representar “un movimiento juvenil obrero, unificado alrededor del arte, aplicado al cultivo espiritual de las masas”» (p. 345).
Por último, el personaje de ficción «Juan Bimba», cuya creación suele atribuirse al dibujante Mariano Medina Febres (Medo) y que sirvió como imagen propagandista de AD (p. 266; nota al pie 21).
Como se observa, todos estos objetos son presentados de forma situada y analizados en función de su operación simbólica en la lucha política, la construcción del petro-Estado, pero también en tanto que expresan procesos de resistencia y codificaciones imaginarias alternativas.
Finalmente, es importante tener presente que si bien las perspectivas poscolonial, subalterna, los estudios culturales y la crítica cultural tienen en común un abordaje de la realidad que relaciona la política, el poder y la creación de sentido propia de las prácticas culturales, la exigencia de un posicionamiento político-cognitivo y de una praxis performativa; esto no significa que exista una homogeneidad teórica, metodológica, epistemológica y siquiera política entre estas corrientes intelectuales ni a lo interno de cada una. Más bien, la relación se dio como un conjunto de debates, articulaciones, rupturas y compromisos, razón por la cual es difícil separar su devenir, tanto como encontrar homogeneidad o unidad en sus planteos. Tener presente esto es importante porque permite caracterizar tanto la influencia que estas corrientes intelectuales tuvieron en Coronil, como el aporte que este realiza al debate desde una posición comprensiva y constructiva, pero también polémica.
El Estado mágico desde la literatura y las ciencias sociales
Yo veo la sociedad como una red de narraciones; no sólo es una red de intercambios económicos o sentimentales, sino también una trama desrelatos.
Ricardo Piglia.
Y esta expropiación queda inscrita en los anales de la historia con trazos indelebles de sangre y fuego.
Karl Marx. «La acumulación originaria de capital». El capital
Decíamos arriba que uno de los aspectos más relevantes de El Estado mágico es la forma en que utiliza las perspectivas y productos culturales y de las ciencias sociales. Esto se puede observar particularmente en torno a la literatura. Sobre esto Lander señala:
Una de las mayores riquezas de este libro es la forma en que se da el diálogo entre la producción teórico-conceptual de las disciplinas académicas de las ciencias sociales y la producción literaria, las artes plásticas y la música popular latinoamericana. El análisis es enriquecido con referencias a autores y obras que no forman parte del canon de las ciencias sociales y que tienen la virtud de mirar las cosas desde otro lugar, a partir de otras perspectivas, desde otras sensibilidades: Jacobo Borges, José Ignacio Cabrujas, Rómulo Gallegos, Jorge Luis Borges, Gabriel García Márquez, Alejo Carpentier… (2026, P. 33, nota al pie1)
Lo destacable es que más que combinar o integrar las dos perspectivas, se trata de partir de su necesaria confrontación para producir una nueva. Dicho de otra forma, Coronil parte de la constatación de que la literatura sobre el Estado o el poder político y la producción de las ciencias sociales en la materia no se complementan, sino que se contradicen. La necesidad de producir una nueva perspectiva radica en el «choque» de visiones:
Esta tensión entre el impulso casi obsesivo a catalogar las ancestrales deficiencias y el deseo no menos insistente de celebrar su singularidad histórica, anima las representaciones de la política latinoamericana. Mientras que los escritores de ficción tienden a concentrarse en el carácter singular de muchos caudillos y dictadores emblemáticos que han llegado a caracterizar la cultura política de América Latina, por lo general los cientistas sociales se concentran en la construcción modernizadora de instituciones democráticas, y analizan las dictaduras como obstáculos al progreso.
De ahí que si observamos la agitada vida política del continente a través de las miradas combinadas de novelistas y cientistas sociales es probable que lleguemos a sufrir de doble visión. Por un lado, un continente elusivo donde la historia se despliega como la criatura indomable de una fusión singular de lo real y lo mágico. Por el otro, reconoceríamos pálidas réplicas de naciones canónicas del Primer Mundo, sociedades no tanto diferentes sino incompletas, cuya historia, aun cuando recorre caminos torcidos, se supone que debe evolucionar hacia un destino familiar. El choque entre estas imágenes apunta menos a dos maneras distintas de ver la misma realidad que al modo como se entremezclan con la visión desde el imperio hasta los recuentos más desprejuiciados de ver la historia latinoamericana desde adentro. Si se quiere obtener una percepción más precisa, es necesario elaborar una perspectiva que evite tanto la tentadora fascinación de un exotismo nacionalista como el confortable atractivo de una familiaridad extranjerizante: una perspectiva capaz de aprehender lo extraordinario en el seno de la creación cotidiana de una historia que aún está por escribirse. (Pp. 264-265)
Para Coronil, el problema no es que cada punto de vista enfoque aspectos diferentes de la realidad, tampoco que la diferencia en la imagen sea producto de la distancia entre las perspectivas literaria y científica-social, sino que hay un tercer punto de vista que condiciona cada mirar y también lo visto, el del imperio. Tanto la literatura latinoamericana sobre el poder político señalada por Coronil, como las ciencias sociales representan la realidad en función de la mirada del imperio y en pro de su reconocimiento.
Dicho de otra modo, ambas miradas cabalgan deseos o pulsiones (términos que sería mejor no confundir) alienados o atrapados en responder al deseo del Otro, bien, celebrando como particular y propio aquello que suponemos no puede dominar y le desagrada, bien, insistiendo en la necesidad de superarlo en su propio juego haciéndolo nuestro. En ambos casos se trata de ser nosotros y de la vieja pregunta «¿qué somos?», pero todo concurre como si la respuesta estuviese condicionada por lo que el Imperio desea.
Pero, cuando Coronil propone «una perspectiva capaz de captar lo extraordinario en el devenir cotidiano de una historia que, en gran medida, aún está por escribir», no quiere decir que hay que mirarse el ombligo. Más bien es todo lo contrario. Se destaca que la propuesta de Coronil tampoco es dialéctica. El choque de visiones no se resuelve en una síntesis. Se trata más bien de ampliar la perspectiva, incluir la del imperio y delimitar sin temores sus influencias. El resultado no tiene por qué ser armónico, una imagen coherente, pero al menos no será ni complaciente, ni consoladora.
Aquí solo quisiera apuntar que asumo a sabiendas el riesgo de que este análisis confirme prejuicios sobre deficiencias inherentes a América Latina, contra la oportunidad de poner en tela de juicio la oposición colonial entre la civilización y el atraso que aún hoy organiza las comprensiones vigentes sobre la diferencia cultural. Al mostrar cómo la historia laberíntica de Venezuela transcurre en el seno de un laberinto mayor, confío en contribuir a desalentar la idea falsa de que su historia puede quedar contenida dentro de fronteras fijas de orden territorial, temporal o cultural. (P. 54)
Este riesgo del que habla Coronil puede aclararse desde las lecturas posibles del libro a partir del sintagma “Estado mágico”. El riesgo es doble. Por una parte tomar el estudio como una obra de ciencias sociales enriquecida con «realismo mágico» o lo «real maravilloso americano», tal que terminemos celebrando la singularidad inherente a nuestros imaginarios y praxis políticas.
La cuestión no es que dicho hacer y pensar no sea en alguna medida expresión de lo que somos, sino que no hay nada que celebrar, cosa que Coronil enfatiza contrastando lo smágico» de la praxis gubernamental con los datos de las ciencias sociales, y dando al libro una atmósfera propia del hard boiled, la novela negra y la no-ficción periodística latinoamericana.
De hecho lo «mágico» aparece en la obra significando la negación de la violencia implicada en el logro de los propósitos del petro-Estado, tal que se puede decir que «mágico» significa «violento» y «corrupto». Por arte de magia quiso el petro-Estado hacer desaparecer las evidencias de la masacre del 27 y 28 de febrero, y antes el malestar social que dio origen a las protestas y las protestas mismas; haciendo lo propio quiso Pérez Jiménez transmutar sus fraudes electorales en victorias, y en fin, con la misma magia habrían querido todos los gobiernos desarrollar a Venezuela, esto es a costa de la negación de su gente y de la naturaleza.
Por otro lado, el riesgo está en leer El Estado mágico como una crítica de nuestra «singularidad» en tanto que causa del desencuentro entre nuestras representaciones y la realidad, y de que todo proyecto político culmine en el fracaso y la barbarie.
El petro-Estado venezolano no es el resultado de una «singularidad» ontológica ni histórica, cultural, identitaria ni de ningún otro tipo, si por tal se entiende algo que es de forma definida y originariamente para bien o para mal. Si podemos hablar de singularidad esto es solo como un haz de relaciones: «La aparición del petróleo como industria creó en Venezuela una especie de cosmogonía» (Cabrujas, citado por Coronil, p. 65). Esto se deriva del énfasis que pone Coronil en el carácter relacional de la realidad estudiada. Tanto la singularidad del «exotismo nacionalista» como su opuesta, la «familiaridad extranjerizante», pueden comprenderse solo como parte de una tríada relacional en la que el tercer polo es la mirada del imperio.
En El Estado mágico, ¿qué sería lo extraordinario en el devenir cotidiano? Por una parte la «magia» con que opera y esperamos que opere el Estado. Nos referimos a lo que podría caracterizarse como una práctica gubernamental en la que tiene peso la exclusión y la violencia formal e informal. Pero también es extraordinario el empuje democrático y popular que «contrapuntea» a la historia del petro-Estado. Buena parte de la serie de productos culturales que Coronil referencia dan cuenta de este deseo. Pero además de insistir a lo largo de todo el libro, este anhelo democrático y popular aparece en muchas de las fotografías de la obra. Es, una frase, el anhelo de los lectores y del mismo Coronil. Aclarar esto es importante porque muchas veces se tiende a meter en el mismo paquete al petro-Estado y sus desmanes, lo que supone que el poder del Estado es un fin en sí mismo, y al petro-Estado como medio de la democracia. Puede que el Estado sea siempre uno y el mismo —y decimos «puede» en serio—, pero los deseos correlativos a los imaginarios democrático y «principistas» no lo son. Apostamos aquí, como creemos hizo Coronil, por reivindicar el segundos en especial contra el deseo que espera un milagro de la magia del gendarme necesario extranjero.
Negro, sobre-hervido pero no-ficción
EI filósofo produce ideas, el poeta poemas, el cura sermones, el profesor compendios, etc. EI delincuente produce delitos. Fijémonos un poco más de cerca en la conexión que existe entre esta última rama de producción y el conjunto de la sociedad y ello nos ayudará a sobreponernos a muchos prejuicios. El delincuente no produce solamente delitos: produce: además, el derecho penal y, con ello, al mismo tiempo, al profesor encargado de sustentar cursos sobre esta materia y, además, el inevitable compendio en que este mismo profesor lanza al mercado sus lecciones como una «mercancía». […]
EI delincuente produce, asimismo, toda la policía y la administración de justicia penal: esbirros, jueces, verdugos, jurados, etc., y, a su vez, todas estas diferentes ramas de industria que representan otras tantas categorías de la división social del trabajo; desarrollan diferentes capacidades del espíritu humano, crean nuevas necesidades y nuevos modos de satisfacerlas. Solamente la tortura ha dado pie a los más ingeniosos inventos mecánicos y ocupa, en la producción de sus instrumentos, a gran número de honrados artesanos.
El delincuente produce una impresión, unas veces moral, otras veces trágica, según los casos, prestando con ello un «servicio» al movimiento de los sentimientos morales y estéticos del público. […] produce también arte, literatura, novelas e incluso tragedias, como lo demuestran, no sólo La culpa de Müllner o Los bandidos de Schiller, sino incluso el Edipo y el Ricardo III!
Karl Marx. «Elogio del crimen»
Como señalamos, a diferencia de las novelas referenciadas por Coronil en la cita de arriba, muchas vinculadas al boom latinoamericano, el realismo mágico y lo real-maravilloso americano, el espectro genérico entre la novela negra (noir), el hard boliled y la crónica periodística latinoamericana hace difícil equivocarse y sobreestimar la violencia inherente a la praxis «mágica» del Estado.
Hemos leído El Estado mágico varias veces y siempre nos quedamos con la impresión de haber leído una ficción entre la novela negra (noir), el hard boiled y la crónica periodística latinoamericana. Ests quizás se deba a que cada capítulo, incluso el primero, nos cuenta la historia de un crimen que tiene lugar contra un fondo de corrupción sistemática e institucional. A su vez, las historias están ambientadas en una atmósfera de miedo, violencia, injusticia, inseguridad y, en especial, de corrupción sistémica.
Asimismo, un tema central del libro son «los efectos corrosivos del dinero», el cual es definido por críticos como Andrew Pepper, como uno de los temas principales del noir. En este punto es significativo que a diferencia del noir estadounidense que surgió en un contexto de crisis económica y política asociado a la Primera Guerra Mundial y la depresión de 1930, el texto de Coronil, así como las historias de las que trata, tienen lugar en un entorno vinculado a las expectativas que abre la posibilidad de exuberancia económica.
Sin embargo, es verdad que no siempre las historias de Coronil tienen protagonistas y personajes caídos o moralmente cuestionables, movidos por la codicia, la lujuria, los celos y la alienación. A su vez, aunque el tono puede llegar a ser sombrío, no es necesariamente pesimista y en lo absoluto lo es nihilistas a pesar de que en todos los casos los crímenes quedan irresueltos e impunes.
Se hace evidente que lo que Coronil busca no es el goce de la fatalidad, sino el anhelo de justicia o de redención. En esto el autor, y quizás también el lector, es un poco como un detective de hard boiled: «Al final, todo es un caos, ha muerto gente, pero el héroe ha hecho lo correcto —o algo cercano a ello— y el orden, hasta cierto punto, se ha restablecido» (Abbott, 2019).
Si, como decía Piglia, el policial nos plantea una especie de arqueología de un tipo de transformación en los modos de narrar (Piglia, 1986), El Estado mágico de Coronil no solo pone de manifiesto las características temáticas del hard-boiled (enigma, crimen, dinero, etc.), sino que también describe, por un lado, una ruptura con la clásica presentación de los datos derivados de la investigación en las ciencias sociales, puesto que su punto de vista se sitúa en el mismo plano de los actores, discusiones y relatos que se van poniendo en juego en el recorrido del libro. Allí, el lector funciona como una especie de detective que va ensamblando las piezas y describe aquello que, ulteriormente, podría configurarse en tanto relato histórico que revela un síntoma. No hay omnisciencia ni punto de vista cenital, sino un nuevo camino en los procedimientos de narrar los hallazgos en el campo de las ciencias sociales. De allí, la función organizadora que el libro, en una especie de gesto brechtiano, generó en los modos de leer las configuraciones y reconfiguraciones del petro-Estado venezolano y sus élites. Por el otro, al narrar la historia de un crimen cuyo trasfondo se sitúa en la corrupción sistemática e institucional examina el núcleo estructural e ideológico que sostiene a la narrativa criminal dentro de la sociedad capitalista.
En tanto género moderno, el policial, y sus posteriores desarrollos (noir, hard-boiled, etc.), han jugado siempre en el terreno de lo popular. Su circulación a través del folletín, el colportage o el pulp, no solo están ligados al desarrollo capitalista, sino que también operan, en términos concretos, como una de sus grandes formas críticas. Así como el Marx de Elogio del crimen, el delito que, en el policial y sus formas posteriores, se plantea como enigma no describe, como nos recuerda Piglia, una anomalía moral aislada, sino que por el contrario se constituyen en síntomas derivados de las relaciones de producción, la propiedad privada y la circulación de mercancías en la sociedad burguesa. Así, el dinero funciona como un motor oculto, en tanto el enigma a resolver es siempre una disputa por la apropiación, el control y los modos de circulación del capital.
Como en el hard-boiled, para Coronil no se trata de cerrar el enigma, de restituir el orden, de dar caza a los culpables y presentarlos frente a la justicia (como en el policial clásico de Poe o Conan Doyle). Por el contrario, se trata de describir, a modo de crónica y «no-ficción», los restos y residuos, los remanentes visibles de esa zona opaca donde élites económicas y gobernantes, capital nacional y trasnacional, poder estatal y capital delictivo se funden, acercándose así, a otro entusiasta del género como Rodolfo Walsh.
En la medida en que puede percibirse este color a novela negra, sorprende que las historias sean reales. En tal sentido El Estado mágico se acerca a la novela de no ficción periodística donde no es de extrañar que muchas veces la realidad supere a los productos de la imaginación.
El libro recuerda en especial las dos novelas fundadoras del género, Operación Masacre (1957) y ¿Quién mató a Rosendo? (1969). Esto, primero, porque cada capítulo despliega una descripción de las personas (cuando es necesario), los hechos y las evidencias, lo que de algún modo es fiel a la estructura y forma de exposición de las novelas mencionadas. Segundo, porque el análisis de los acontecimientos trasciende el nivel meramente informativo para adentrarse en un análisis del contexto social, económico, cultural y político, y de las determinantes de los sucesos. El propósito no es aclarar el caso, sino exponerlo junto a las causas sociales que lo determinan y hacen imposible su resolución y la justicia.
En El Estado mágico este análisis no se limita a datos periodísticos, testimonios y datos judiciales, sino que se soporta en la panoplia de recursos metodológicos, técnicos y operativos de las ciencias sociales, lo que da al trabajo potencia explicativa. Pero, además, en la medida en que despliega una perspectiva que se soporta en la crítica de la narrativa occidental moderna, produce la articulación cada una de las historias en una contra-narrativa. Es por ello que, como decíamos anteriormente, El Estado mágico cumple una función organizadora frente a los relatos clásicos alrededor de la conformación del Estado venezolano y su relación con el petróleo a principios del siglo XX. Rearticulando el ejercicio de la crítica, al adoptar tanto la superficie de inscripción narrativa como los gestos temáticos del policial devenido noir y hard-boiled, el libro describe una matriz estructural donde las tres relaciones básicas del género, asesino/detective/víctima, se ven reconfiguradas alrededor de las élites, el petróleo y los horizontes de expectativas que se desdoblaron de la riqueza petrolera. Así, el libro no solo funciona como un relato que describe un nuevo modo de aproximación a las formas de pensar las épocas históricas y sus consecuencias, es también un libro que bien podría inscribirse y pensarse como expresión de una etnografía del poder y de las élites en Venezuela, recordando otros trabajos similares y publicados con pocos años de diferencia, como Las luces del gomecismo (Segnini, 1997) y El mito de la legitimación: ensayos sobre política y cultura en la Venezuela contemporánea (Astorga, 1995).
Referencias
Referencias de este artículo
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