
.
El tiempo parece haber ablandado un tanto a los hermanos Dardenne. Viejos conocidos de la Semana Internacional de Cine de Valladolid desde que se alzaran con el máximo galardón en 1996 por La promesa, los belgas llevan casi cuatro décadas levantando la alfombra bajo la que Europa oculta sus miserias más vergonzantes. Su cine de denuncia, abiertamente militante pero evitando siempre el panfleto, es muy del gusto de los certámenes. Especialmente de Cannes, festival de festivales, donde coleccionan palmas de oro a pares (Rosetta y El hijo).

.
Recién nacidas tampoco se fue de vacío en la última edición de Cannes, obteniendo el premio al mejor guion. La película se centra en cinco adolescentes de un centro de acogida para madres y embarazadas menores de edad. Con una estructura episódica, los Dardenne desarrollan la casuística de cada una de ellas: sus miedos, ilusiones, incertidumbres ante el futuro pero también expectativas y planes, las duras decisiones que tienen que afrontar, las promesas rotas, los conflictos familiares, la tierra de nadie que habitan entre una infancia abandonada antes de tiempo y unas responsabilidades adultas para las que todavía no están preparadas…

.
La cámara se pega a estas chicas en su día a día. En la disyuntiva de un acercamiento documental o poner en marcha, en palabras de Mark Cousins refiriéndose al cine, la gran máquina de generar empatía, la dupla realizadora ha optado por esta última opción. No ha sido lo habitual en su trayectoria, de ahí quizás esa sensación de ablandamiento frente a sus duras propuestas anteriores. Tal vez haya una necesidad vital de ofrecer una salida luminosa en estos tiempos inciertos, tras constatar que cuarenta años después de su primer largometraje las cosas no han mejorado. Más bien todo lo contrario: en este 2025, la sensación es que el mundo se dirige a un precipicio. En épocas así, el cinematógrafo vuelve a cumplir su misión histórica de ofrecer una válvula de escape frente a la desesperanza.

Los Dardenne tampoco dejan espacio para juzgar a estas adolescentes. Por muy equivocadas que puedan parecer sus decisiones, no hay que olvidar que apenas tienen catorce y quince años. Su situación dice más sobre la sociedad que acerca de ellas mismas. La demolición de los estados del bienestar europeos está en el centro de los derrumbes vitales. Por eso son tan necesarios centros de acogida públicos como el que refleja la película. Son la tabla de salvación para no condenar al fracaso a unas niñas. Recién nacidas vuela muy alto en las escenas donde interaccionan las chicas con las trabajadoras sociales. Estas no son retratadas como mártires abnegadas que dejan la vida para sacar adelante a las internas. Esta mitificación sería más propia de Hollywood. Las democracias, señalan los hermanos belgas, no necesita heroínas, sino instituciones de cuidados financiadas con impuestos y profesionales adecuadamente retribuidas que desarrollan su actividad con eficiencia y seriedad. Un planteamiento que hace unos pocos años se daría por sentado y que hoy en día resuena como una advertencia frente a la amenaza de una civilización individualista, insolidaria y ultra competitiva.





