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Spielberg

Alejandro Fierro Por Alejandro Fierro
23 junio, 2026
en Cine, Columnistas MK, que grande era el cine, Sindicados Mentekupa
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Me gustaría que me gustara Spielberg más de lo que realmente me gusta. Reconozco que su figura es gigantesca. Es uno de los cineastas más influyente de los últimos cincuenta años y no solo en lo que respecta a qué tipo de películas hacer y cómo hacerlas. La parte más decididamente empresarial, desde la distribución hasta la exhibición y comercialización, cambió radicalmente a partir de sus blockbusters de los setenta. Y si se tiene en cuenta que el cine como gran industria tiene unos ciento veinte años, eso significa que su huella está en casi la mitad de la vida de esa industria.

Admiro también su apabullante talento visual. Su cerebro está diseñado para concebir una historia visualmente. La mayoría de los mortales piensa con palabras. Spielberg lo hace con imágenes. Cualquiera de sus filmes es un festín para los ojos. A este prodigio óptico se refería Tarantino cuando afirmó que Tiburón era la película mejor realizada jamás. No dijo que se tratara de la mejor película, como denunciaron los apologetas de esas falsas y efímeras polémicas que nutren las redes. Tarantino hablaba de la concepción visual y, viniendo de quien viene, es una opinión a tener en cuenta.

Y sin embargo, nunca me convence del todo. Hay algo en sus películas que me causa cierta irritación, a pesar de la buena predisposición con la que me enfrento a cada estreno. Quizás sea esa mirada ingenua, un tanto infantiloide, a veces incluso tontorrona, que permea todas sus narraciones. Esa mentalidad de eterno adolescente con querencia a la sensiblería me termina por estropear propuestas con arranques tan contundentes como La lista de Schindler, El imperio del sol, Inteligencia Artificial o Minority Report.

También me exaspera su fe ciega en los Estados Unidos como paladín de la libertad. Spielberg comulga plenamente con la supuesta misión histórica norteamericana de extender los valores democráticos por todo el planeta, disculpando los excesos que se cometen en la búsqueda de ese bien superior. El desembarco en Normandía del inicio de Saving Private Ryan me mantiene pegado a la pantalla. El resto me sobra por completo, en especial el discurso patriotero final. A Lincoln la sostiene cinematográficamente la sobrenatural actuación de Daniel Day-Lewis, pero en términos políticos es un despropósito. El puente de los espías ofrece una visión tan maniquea de la Guerra Fría que más pareciera estar rodada en los años cincuenta que en 2015. Y en Munich se alinea con las posiciones más extremas del sionismo, apoyando sin ambigüedades la ocupación de Palestina. Spielberg es el americano tranquilo que Graham Greene retrató con toda su ironía británica: un inocente grandullón que en nombre de la democracia va sembrando el caos en todo el mundo y en nombre de su país lo justifica.

Tampoco empatizo con su necesidad constante de exorcizar el trauma del divorcio de sus padres. La mayoría de las veces introduce el tema de forma forzada. En otras ocasiones, lo utiliza como explicación simplista del comportamiento de los personajes. Atrápame si puedes y La guerra de los mundos serían mejores sin el permanente conflicto parental. Ni siquiera le funciona en Los Fabelman, donde se supone que es el centro de la trama. Al final, se convierte en una molestia frente al verdadero punto de interés de la película: el surgimiento del amor por el cine en el adolescente Fabelman/Spielberg.

Rescato Tiburón y E.T. La primera es un eficacísimo ejercicio de suspense al más puro estilo Hitchcok. En cuanto al simpático extraterrestre, probablemente sea la cinta donde están mejor equilibrados esos elementos que en el resto de su filmografía terminan por estropear el producto. Además, es la más sincera: no disimula su espíritu infantil. Y por supuesto, siempre es refrescante revisitar las tres primeras entregas de Indiana Jones y su falta de pretensiones: no hay más objetivo que subir al público a una montaña rusa e invitarlo a un vertiginoso viaje.

Pero de estos títulos hace ya más de cuatro décadas. Escaso botín para adjudicarle a Spielberg la condición de autor, título al que sí se hacen acreedor coetáneos suyos como Scorsese, Coppola o Cimino. No parece probable que ya octogenario vaya a dar una vuelta de tuerca a sus historias. Estoy seguro de que el fiasco se repetirá con Disclosure Day, máxime tras leer la crítica, en esta misma web de Mentekupa, de alguien tan confiable en materia de cine como Manuel Azuaje. Aun así, iré a verla.

¿Por qué esperar puntualmente su próxima película sabiendo de antemano que lo que va a ofrecer siempre se antoja insuficiente? Quizás porque a pesar de todo, su mastodóntico talento cinematográfico siempre aflora, dejando escenas asombrosas que forman parte de la galería del cinéfago. Desde el diablo sobre ruedas reflejado en el retrovisor en la iniciática Duel hasta esas manos infantiles que se abren para albergar toda la magia del cine en Los Fabelman, pasando por la bicicleta recortada contra la luna en E.T. Es en esos momentos cuando la pantalla cobra vida y a uno le gustaría que le gustara Spielberg más de lo que realmente le gusta.

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