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La verdad como espectáculo inofensivo: por qué lo último de Spielberg fracasa en la era del cinismo

Manuel Azuaje Reverón Por Manuel Azuaje Reverón
23 junio, 2026
en Celuloide a Contraluz, Cine, Columnistas MK, Sindicados Mentekupa
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Se acaba de estrenar, con bombos y platillos, la nueva película de Steven Spielberg. Con este filme, el director de Tiburón, La lista de Schindler y Múnich vuelve a la temática que lo famoso: los ovnis. El día de la revelación quiere hablar sobre las estructuras de poder gubernamental que operan en secreto, la empatía humana y el impacto de la verdad como revelación, empleando para ello un thriller clásico de persecución. Pero, ¿lo logra? Me adelanto, fracasa estrepitosamente tanto en fondo como en forma. Para explicar por qué, me voy a aproximar a los elementos narrativos y temáticos.

La película no se estrenó en Cannes para evitar «las revelaciones» y para que la crítica no se adelantara, preservando un efecto masivo en las salas de cine. Honestamente, no me queda nada claro para qué hicieron esto, si el misterio central de la película, el secreto, se nos revela cerca de los veinte minutos, y de ahí en adelante la tensión dramática se traslada, con demasiados tropiezos, a que los protagonistas puedan comunicar al mundo lo que conocen. El día de la revelación no busca revelarnos nada.

La construcción de los personajes es de una superficialidad tremenda. No solo porque sus motivaciones iniciales y el perfil psicológico de cada uno no se desarrollen, sino porque los cambios en sus decisiones tampoco corresponden a un planteamiento que se nos presente claramente. No hay ningún trasfondo que justifique por qué deciden lo que deciden, ni tampoco por qué piensan como lo hacen. El personaje de Noah Scanlon, interpretado por Colin Firth, ofrece un antagonismo inconsistente; toma decisiones contradictorias sin ninguna explicación que justifique que lo haga.

Esta incoherencia es más evidente todavía en las acciones de sus colaboradores. En la secuencia del clímax, a la que no hemos llegado consistentemente, aparece de manera abrupta el segundo al mando de la organización que persigue a los protagonistas, y de forma inexplicable intenta asesinarlos sin una orden previa. Parece que solo se busca forzar una escena de acción que sostenga una película pobre en su densidad y coherencia mínima. Después, en las escenas finales, este mismo personaje decide retirarse sin oponer resistencia a que su jefe abandone el plan. Estas decisiones diluyen completamente la tensión dramática.

Luego, no menos importante, tenemos a los personajes principales. En una escena central Daniel Kellner (Josh O’Connor) le muestra a su novia Jane (Eve Hewson) aquello que guarda con recelo y es el motivo de la persecución: los videos que exponen el contacto con los extraterrestres y cómo lo ha manejado el gobierno. El video, que se nos presenta como el más difícil de tolerar, presenta un violento interrogatorio contra un alienígena, sin que en los espectadores genere el efecto que tiene en los personajes. Después de que Jane no pueda verlo completo, inician una discusión sobre el efecto que pueda tener en el mundo revelar esta información. Jane se opone rotundamente sin que entendamos por qué asume esa posición. Este conflicto se percibe artificial y extemporáneo; el espectador no empatiza con una reacción que se siente impuesta por el guion.

El conflicto de la película es artificial y no se comprende, tampoco genera la conexión necesaria con el público. Spielberg apuesta por centrar su clímax no en la revelación al público de un secreto que desconocemos hasta el final, sino en una transmisión televisiva tradicional, y esto resulta absolutamente anticuado. El director parece aferrado a la idea de que la televisión convencional tiene el mismo poder unificador y de movilización que hace décadas, desconociendo el impacto de las redes sociales en la descentralización de la información en el siglo XXI. Esta aparente ingenuidad en el desarrollo narrativo produce la sensación de que estamos ante una película infantil, para «todo público», pero para una infancia también de otra época.

Una comparación rápida con un verdadero clásico de Spielberg, Encuentros cercanos del tercer tipo de 1977, contribuye a ver con más claridad las debilidades de El día de la revelación. En Encuentros cercanos …el misterio se administra milimétricamente y el peso del descubrimiento da a la película una redondez que la nueva no tiene. En la película de 1977 hay una búsqueda angustiosa de una verdad que transforma por completo al personaje protagónico. El peso dramático de Encuentros cercanos… está en la incapacidad para comprender lo que está pasando, mientras que en El día de la revelación lo sabemos bastante pronto.

Roy Nery es un electricista común y corriente, vive en un pueblo con su familia, lleva una vida normal. El encuentro con los ovnis cambia completamente su vida y lo sumerge en un espiral de locura que destruye esa normalidad. Durante la película lo acompañamos en este proceso de degradación, que tiene escenas monumentales como esa en la que mete tierra y plantas en la sala de su casa mientras su familia lo abandona. Richard Dreyfuss ofrece una actuación memorable de cómo la vida ordinaria se ve fracturada por una experiencia incomprensible; su obsesión es un conflicto que se siente real.

Dicho esto, el problema del nuevo blockbuster de Spielberg no es solo narrativo, es una visión de mundo completamente desconectada de la realidad actual. El director quiere plantearnos la idea de que la revelación de vida extraterrestre, en televisión, produciría un colapso en la sociedad tal como la conocemos, llevando a una crisis de legitimidad de los poderes establecidos. El peso lo tiene el tipo verdad que sería revelada; no solo que existe vida inteligente más allá de la Tierra, sino que estos visitantes fueron maltratados y torturados por el gobierno.

Spielberg ignora, o premeditadamente decide ignorar, que el mundo en el que vivimos la verdad no requiere ser revelada. Todos los días estamos sobreexpuestos a verdades difíciles de tragar, las guerras, los abusos de los poderosos, el genocidio por parte de un gobierno sobre un pueblo completo, la persecución contra los migrantes, o la participación de las élites en el abuso sexual sistemático. Nada de eso produce la crisis y el colapso que se representa en la película. Todas estas verdades son absorbidas por el ciclo de noticias que satura las redes sociales. Donde antes había un conflicto ahora hay un ruido efímero. Aquello que debería producir indignación en la sociedad es asimilado como un espectáculo más. Vivimos en la época del cinismo y no en la de la indignación. Y aun cuando surgiera la indignación, la capacidad para cambiar la situación que la genera es casi nula.

También hay que decir que la pretensión de que la indignación colectiva provenga de ver el maltrato hacia seres de otro mundo es una operación completamente ideológica. ¿Por qué el maltrato a un extraterrestre habría de indignar a una población que convive permanentemente con la evidencia del maltrato entre su propia especie? En nuestro presente, todos los días las redes sociales presentan imágenes desgarradoras de violencia real, como las redadas del ICE que ocurren en vecindarios cercanos a donde vive Spielberg o los abusos sexuales y torturas documentadas en los centros de detención contra palestinos por militares israelíes, por solo decir unas. ¿Qué pasó cuando esos videos se «revelaron»? Poco o nada en la saturación de información que vivimos. Peor aún, quienes ejecutaron esa violencia la reconocieron con orgullo.

Respecto a esto último hay que decir que Steven Spielberg decide no pronunciarse de manera contundente contra estas violaciones masivas y contra el genocidio actual en Palestina, mientras nos quiere vender un mensaje sobre la empatía y la sensibilidad que hemos perdido. Interpelado al respecto, ha decidido relativizar esa tragedia. Optar por explorar la ciencia ficción para hablar sobre la indignación en este mundo donde la verdad se nos revela a diario es una operación de evasión ideológica.

El día de la revelación no solo es una película mediocre y poco creíble en su desarrollo narrativo, sino que está desconectada absolutamente del dolor del mundo contemporáneo. Al intentar darnos una lección moral en un dilema puramente ficticio y desfasado, tropieza con su mayor contradicción: en su afán de predicar sobre la compasión, termina siendo una obra profundamente poco empática e insensible ante las verdaderas tragedias que marcan nuestro tiempo.

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