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Había mucha expectación en la Semana Internacional de Cine de Valladolid por ver el estreno como directora en solitario de la estadounidense de origen taiwanés Shih-Ching Tsou. Su condición de colaboradora desde hace más de veinte años del oscarizado Sean Baker justificaba este interés. Tan estrecha es la relación entre ambos que en 2004 dirigieron, escribieron, editaron y produjeron de forma conjunta Take Out, un retrato de inmigrantes chinos indocumentados que sobreviven en Nueva York repartiendo comida a domicilio (de ahí que La chica zurda sea el debut a título individual de Tsou, pero en realidad su segundo filme como realizadora).

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Era previsible, por tanto, que Tsou compartiera mundos y estilos cinematográficos con Baker. Máxime cuando el gran triunfador de la pasada temporada de premios con Anora –Oscar a la mejor película, dirección, guion, actriz y montaje y Palma de Oro en Cannes incluidos- figura aquí como coguionista, productor y montador. No se trata de devolver ningún favor, sino de entender el cine como un proyecto colectivo.

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De esta forma, La chica zurda se inserta con naturalidad en la galería de historias de Baker sobre personajes que viven/sobreviven en los márgenes de la sociedad. La película se centra en una madre taiwanesa y sus dos hijas –una de ellas aun una niña, la chica zurda a la que hace referencia el título- que regresan a Taipei tras un tiempo en su pueblo natal. Para subsistir, alquilan un puesto de comida en un mercado al aire libre.

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Con esta premisa argumental, la realizadora articula un relato colectivo que guarda muchos puntos de conexión con The Florida Project, uno de los más conseguidos esfuerzos de Sean Baker. La lucha por la vida, en un ecosistema ultracapitalista implacable, está siempre presente. Sobre este telón de fondo se despliegan los encuentros y desencuentros personales, los secretos inconfesables que se ocultan en cada familia, los errores recurrentes en nombre del amor, la solidaridad instintiva, las diferencias generacionales y el asfixiante peso de la tradición sobre las mujeres. Todo ello contado con una cercanía y calidez que hace que el público conecte con las protagonistas, en especial con la pequeña.

Pero Tsou es honesta en los mecanismos que utiliza para despertar esa empatía. Es cierto que la estructura opresiva está ahí y actúa sobre los personajes, pero estas tienen una responsabilidad que la realizadora no elude: son víctimas de su mala cabeza, casi siempre toman las decisiones incorrectas, son absolutamente incapaces de gestionar los conflictos de forma pacífica, son iracundas, inconstantes e indisciplinadas… Y aun así –o precisamente por eso- es imposible no encariñarse con ellas. De nuevo aquí es ineludible referirse a Sean Baker y sus caóticos personajes: el actor porno fracasado de Red Rocket, las transexuales de Tangerine, la prostituta de Anora, la desastrosa madre de The Florida Project… Quizás el secreto está en no juzgarlos ni tampoco justificarlos. Tsou y Baker están más cerca de los hermanos Dardenne que del sermoneo trotskista de Ken Loach.El último tramo de la película es un acelerado delirio donde todo se descontrola, un cataclismo en el que la bomba de relojería que se venía programando a lo largo del metraje estalla de una forma que puede ser devastadora o quizás catártica. Remite al último segmento de Anora, pero lo cierto es que el proyecto de Tsou es muy anterior. Más allá de quién fue primero, ambos cierres son deudores de los esquizofrénicos finales de Martin Scorsese, cuando todo el mundo pierde los estribos, como los anfetamínicos gánsteres de Goodfellas o Casino.
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Mentekupa asiste como medio de comunicación invitado a la septuagésima edición de la Semana Internacional de Cine de Valladolid, España, uno de los certámenes cinematográficos más veteranos y con más prestigio de Europa. Las crónicas que publicamos están escritas por nuestro enviado especial al festival.





