Que en un lapso de tiempo tan corto se hayan publicado dos trabajos dedicados a aspectos biográficos de Goffman (Erving Manuel Goffman de Dmitri Shalin y Mapping Goffman’s Invisible College de Wendy Leeds-Hurwitz), es una de esas casualidades que merecen ser mencionadas. La necesidad de la revisión de tales aspectos tiene sentido cuando pensamos en todas las confusiones y equívocos que hay cuando se habla de Erving Goffman. Estructuralista, funcionalista, estructural funcionalista, interaccionista simbólico, etnometódologo, se lo ha etiquetado en ocasiones sin que haya un acuerdo entre sus lectores, principalmente universitarios, sobre dónde y cómo situarle. Asociado con la microsociología, en ocasiones se lo sitúa alejado de Durkheim y cercano a Simmel o al Weber de la sociología comprensiva, o al Schutz de la fenomenología. A veces, es reducido a lo que tiene mayor circulación, La interpretación de la persona en la vida cotidiana, Internados y Estigma, dejando de lado otras obras que no han tenido la misma suerte. Lo paradójico es que las obras mencionadas y referencias ineludibles y perpetuas cuando hablamos de Goffman, fueron publicadas entre 1956 y 1963, muriendo Goffman en 1982. Así, se crea un hueco en el imaginario respecto a su obra cuando llenar ese vacío, esa ausencia de información, habría sido la que llevó en primer lugar a estos trabajos a existir.
Destaco el trabajo de Wendy Leeds-Hurwitz Mapping Goffman’s Invisible College porque nos pone a Goffman en una perspectiva que no solemos trabajar ni conocer: entenderlo en las relaciones en las que estaba inserto. Si bien ya hay una buena tradición de revisión crítica para la desmitificación de las ideas que tenemos sobre la escuela de sociología de la universidad de Chicago durante el período entre la segunda guerra mundial y la posguerra, la forma de pensar a Goffman –y con él me atrevo a pensar en otros autores– como una suerte de isla que si bien tendía puentes con sus pares definitivamente era otra. Así como hablamos de Durkheim sin hablar de Mauss, Hertz, Halbwachs, o de la creación de la revista L’Anne sociologique, y antes de la recuperación de Tarde no se solía tener en cuenta el debate entre ellos. Aunque a la sociología le gusta insistir en su función desmitificadora lo cierto es que cuando se revisa a sí misma todavía sigue en muchas ocasiones el modelo del Gran Hombre Iluminado y a la sociología no se la entiende inserta en relaciones, instituciones y proyectos.
El estudio de Leeds-Hurwitz nos muestra a un Erving Goffman más proactivo, más inserto en intercambios personales e interpersonales. Un hombre que daba clases, que tutoreaba, que arbitraba, que inventaba. Pero un hombre acompañado de otras personas que hacían lo mismo. Al concentrar su interés analítico en el entramado de relaciones la autora nos plantea una serie de problemáticas, desde la más obvia que tiene que ver con cómo se transmiten las ideas, hasta cómo, si miramos de cerca, el modelo del Gran Hombre Iluminado nos hace chocar, aunque sea involuntariamente, con sus allegados y coetáneos, pero también con las instituciones y sus dinámicas y procesos.
Entender que una disciplina es posible no por la existencia de genios, sino por relaciones e interrelaciones, es un desafío que ha atravesado a la sociología de los intelectuales, ya que ha tendido a ocuparse del rol del intelectual ante la sociedad, pero no de entender cómo es posible el intelectual en primer lugar. Este estudio teniendo como interés a Erving Goffman nos muestra cómo el autor no solo deja un legado y trasciende por sus ideas, sino por cómo se insertó y participó en comunidades activas en las que había posibilidad de intercambio y diferencia.





