Tokio Blues llegó a mí una tarde de sábado, como el último vestigio de un cumpleaños dejado muy atrás para ese momento. Un amigo mío me lo regaló junto a otros dos libros en el Paseo Las Mercedes mientras bebíamos en una tasca que, para él, recuerda un poco a las que vestían la ciudad durante los ochentas. Cosa rara que él lo haya dicho, pues no llegó a vivir esa década.
Mi relación con Murakami es bastante breve. Mi única referencia previa era De qué hablo cuando hablo de escribir, un libro donde intercala reflexiones sobre su producción literaria con pensamientos que rodean a la escritura como oficio. Me pareció interesante, pero me dediqué a leer a otros autores y no seguí explorando sus obras. También entré en un bache lector que complicó mi acercamiento, uno que Tokio Blues me ayudó a dejar atrás.
Estas reflexiones buscan destacar aspectos interesantes de la novela. Intentaré no adelantar los giros de trama que construyen la narrativa y revelan hacia dónde va, aunque sí es preferible conocer un poco de los personajes y sus dilemas para que algunas cosas aquí dichas no malogren la experiencia.
Personajes extraños buscando su normalidad
Un rasgo que se vuelve más evidente conforme avanzas en la trama es que la mayoría de personajes de Tokio Blues no funciona con estándares convencionales. De una manera u otra, muchas de las personas que nos encontramos en la novela desafían las normas del comportamiento y de lo moral, lo que nos ofrece una constelación de personajes muy auténticos y, en su mayoría, bienintencionados.
Empecemos por Toru Watanabe, el protagonista. A lo largo del libro, él deja la impresión de ser una persona retraída, de pocas palabras y que, a juicio de Nagasawa, no le interesa hacerse comprender por otros, razón por la que considera que ambos son personas muy similares. Watanabe no siente que sea así, pero algo que rara vez sucede en Tokio Blues es él compartiendo honestamente lo que siente y piensa con los otros personajes. Ocurre, pero las veces que Toru sirve de sostén emocional para Naoko, Midori o hasta para Reiko, con quien no siente ninguna clase de amor, son más frecuentes.
En un principio, Midori se presenta como una muchacha enérgica y extrovertida. Luego, Toru y nosotros descubrimos que tiene una perspectiva de la sexualidad bastante abierta y transparente, abordándolo con una transparencia inusitada que, más de una vez, entra en lo vulgar. Esto sucede porque Toru le da la confianza para ello, pero hay interacciones donde declara que Midori se pasa de la raya, desconociendo lo que es moralmente aceptable comentar en público.
Naoko y Reiko son dos de los personajes que más evidencian el aspecto peculiar de varios miembros del elenco, al punto tal que ambas deciden asilarse en un sanatorio por temas de salud mental. Allí actúan como adultas competentes y completamente funcionales, pero que por distintos motivos no pueden o evitan relacionarse con el mundo exterior. De las dos, Reiko es la que mejor conserva el control sobre sí más allá de su «historia de origen». No puede decirse lo mismo de Naoko.
El intermedio entre la luna y el sol
Los afectos de Watanabe oscilan entre dos mujeres: Naoko y Midori Kobayashi; la primera, la novia del único amigo que tuve durante gran parte de su vida y que se acerca más a Watanabe a razón de una tragedia. Mientras, Midori es una compañera de su clase de teatro en la universidad y que se acerca a él a partir de una conversación bastante casual, el momento que desencadena su acercamiento mutuo. Hay dos tropos literarios que nos ayudan a ver esto.
El más evidente es que esta situación entre Watanabe, Naoko y Midori es una forma de triángulo amoroso. Si bien ambas mujeres no se conocen de forma directa, Toru es el punto donde sus intereses coinciden. Aunque él está seguro de sus sentimientos por Naoko en la mayor parte de la novela, las inseguridades de ambos y la reclusión de la chica generan una brecha por donde se cuela la presencia continua de Midori.
También podemos ver esto como un momento en que nuestro protagonista se debate entre su pasado y futuro. Naoko representa un vestigio de la vida que compartía con ella y Kizuki, una que terminó abruptamente y los unió de forma trágica. Mientras, Midori es un primer acercamiento a las posibilidades que el futuro le ofrece a Watanabe, una oportunidad de empezar de nuevo sin cargas de un tiempo que se desvanecerá conforme pase la vida.
El dilema de Watanabe toma otra dimensión cuando consideramos las personalidades contrastantes de ambas mujeres. Así como él, Naoko es una persona retraída y de pocas palabras. Una persona delicada y volcada hacia su mundo interno. Mientras, Midori es una muchacha vibrante y extrovertida. Es bastante abierta con lo que siente y piensa, lo que choca en un primer momento con la reserva de Watanabe hasta el momento en que él se acostumbra a su peculiaridad.
Buscando identidad en el cuerpo
Uno de los temas principales de Tokio Blues es el despertar juvenil, y un elemento que manifiesta esto es la manera en que Watanabe ejerce su sexualidad como hombre a las puertas de sus 20 años en pleno Tokio. Es un aspecto que determina sus interacciones con Naoko y Midori y que se convierte también en una forma de entenderse a sí mismo y su visión de vida.
Watanabe tiene encuentros furtivos con otras mujeres durante la novela, pero no suceden porque él los busque de forma activa, sino porque simplemente se dan las circunstancias para ello. Un caso es el encuentro con Reiko, cerca del final. En vez de producirse por un atractivo sexual mutuo, la manera en que Murakami lo describe lo hace ver como un momento mundano y sin idealización. Amistad aparte, Reiko y Watanabe no se gustan románticamente, pero les gusta tener sexo, y a partir de la confianza construida y la certeza de que ambos quieren y necesitan cosas distintas, se da el intercambio.
El protagonista empieza con los encuentros furtivos por influencia de Nagasawa, quien considera que ambos salen «de caza». Es una situación donde Nagasawa se siente cómodo sin importar que Hatsumi sea su pareja oficial y tenga conocimiento de sus aventuras. En el caso de Watanabe, estos encuentros le generan placer, pero no le sirven para realizarse como individuo. Funcionan como breves refugios emocionales ante la incertidumbre que lo caracteriza durante la trama.
Watanabe reconoce las heridas emocionales de Naoko, pero no por ello deja de idealizarla como una suerte de deidad, especialmente en sus interacciones en el sanatorio. En esta relación, el sexo no parece que se manifieste como algo disfrutable, sino como un asunto casi sagrado y, al mismo tiempo, roto. La relación de ellos está viciada desde el comienzo por la muerte de Kizuki y la confusión mental y emocional de Naoko.
Cuando todo hubo terminado, le pregunté por qué no se había acostado con Kizuki. No debí preguntarlo. Naoko apartó los brazos de mi cuerpo y volvió a llorar en silencio. Saqué el futón del armario empotrado y la acosté. Luego me fumé un cigarrillo mientras contemplaba la lluvia de abril que caía al otro lado de la ventana (p. 59).
La experiencia con Midori es completamente diferente. Sus conversaciones con Watanabe le hacen ver al protagonista que la sexualidad es también diversión, liberación y curiosidad. Son experiencias más vitales en comparación a lo que caracteriza su vínculo con Naoko, cuya existencia frágil y delicada hace que el sexo se vuelva una manera de aferrarla a este plano. Midori no necesita esta función, pues su existencia es poderosa, ruidosa y enérgica. Este intercambio lo expresa mejor:
—¿Sabes lo que me gustaría hacer ahora? —soltó cuando ya nos separábamos.
—No tengo la menor idea. ¡Quién sabe qué te ronda por la cabeza! —comenté.
—Me gustaría que unos piratas nos hicieran prisioneros, que nos desnudaran y nos ataran con
una cuerda.
—¿Y por qué tendrían que hacer algo así?
—Porque serían unos piratas morbosos.
—Me parece que aquí la única morbosa eres tú.
—Nos dicen que dentro de una hora nos arrojarán al mar, así que, mientras tanto, tratemos de
pasarlo lo mejor posible, así, tal como estamos. Y nos meten en las bodegas.
—¿Y?
—Lo pasamos estupendamente durante una hora. Revolcándonos y retorciéndonos.
—¿Y eso es lo que te gustaría hacer ahora?
—Sí.
—¡Vaya!—Agité la mano. (p.
Años bisagra
Junto al despertar juvenil, Tokio Blues es una novela sobre la construcción de la identidad y de un concepto propio de la adultez y la independencia. La trama empieza desde un momento nostálgico de Watanabe a sus 37 años quien, movido por una interpretación de Norwegian Wood de The Beatles en un aeropuerto alemán, recuerda sucesos de una etapa definitoria de su vida: el intervalo de sus 18-20 años.
Este es un periodo significativo en la vida de cada persona. Son una suerte de «años bisagra» en tanto sirve como una transición de la adolescencia hacia la adultez. Esta última no es una etapa que empiece de forma automática, sino que se construye y resignifica conforme tenemos experiencias y nos relacionamos con las personas. La manera en que Watanabe actúa a lo largo de la novela es propia de una persona con poca experiencia sobre el mundo y sus caminos.
El Watanabe que encontramos al comienzo de la novela es un joven que vive lejos de sus padres por primera vez, compartiendo habitación en una residencia estudiantil con Tropa de Asalto, un muchacho tartamudo que ama la cartografía. Más allá de que sus padres le enviaban dinero cada cierto tiempo como manutención, Toru sabía que debía encontrar una fuente propia de ingresos. Es así como consigue un trabajo de medio tiempo en una tienda de discos, entre 1968 y 1970.
Ya cerca del final de la novela, Toru se muda fuera de la residencia hacia una casa de huéspedes. Lo hace con el dinero que ganaba en la tienda de discos, permitiéndose un estilo de vida más relajado que no choca con los deseos de los propietarios del inmueble. Es uno de los momentos donde, lentamente, él va construyendo una «una vida de adulto», al punto de comentarle a Naoko por medio de una carta que ese lugar puede servirles para empezar a vivir juntos.
***
Leí Tokio Blues con expectativas. Se habla mucho de él y de Murakami en general, aunque no recuerdo a ningún amigo o conocido diciéndome que es un libro fantástico o capaz de cambiar vidas. En mi caso no lo hizo, pero lo que ofrece el libro es un vistazo hacia la etapa que cambia la vida de alguien más y lo conduce a sentar las primeras bases de su adultez.
No es una novela caracterizada por la acción. Es el recuento de un momento de la existencia, con sus situaciones decisivas y segmentos de calma, reflexión y contemplación. El libro nos recuerda que las instancia que determinan nuestro rumbo en la vida vienen acompañadas con días lentos que lo único que nos exigen es vivirlos. Nada más.
Eso sí, la novela no es aburrida en ningún momento. Los dilemas internos de Watanabe junto con las impresiones que el entorno deja en él construyen un relato disfrutable y en que más de una persona se puede encontrar, incluso sin haber pisado Tokio alguna vez.




