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William Wyler llevó al extremo la confrontación entre un Oeste indómito y salvaje y el Este civilizado y legalista en un western de proporciones épicas. El punto de partida es un tópico del género: el atildado y un tanto cursi urbanita, de cuidados modales, que llega a un pueblo donde reina la ley del más fuerte y cualquier problema se soluciona a puñetazos o directamente a tiros.


Pero en los cincuenta, a diferencia de lo que ocurría en décadas anteriores, las simpatías no estaban del lado de los asilvestrados vaqueros. El argumento recurrente de la conversión del recién llegado a través de la demostración de su valentía y, en último término, su admisión por parte de la comunidad no conectaba con el espíritu de época. Los horrores de la Segunda Guerra Mundial invalidaron cualquier idealización de la violencia. Ya no era el advenedizo citadino quien tenía que adaptarse al entorno, sino este el que tenía que tomar la senda de la ley y el orden. Wyler se subió al carro de la denuncia de ese Lejano Oeste mitificado que venían haciendo directores como Fred Zinnemann o Anthony Mann, con sus aceradas descripciones de las toxicidades de la venganza al margen del código penal. John Ford pondría el último clavo al ataúd del western clásico con la imprescindible El hombre que mató a Liberty Valance y unos años más tarde Sam Peckinpah haría de sus revisiones del género una elegía permanente por ese mundo desaparecido..

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Pocos actores tan adecuados como Gregory Peck para dar vida al elegante personaje que llega para casarse con la hija de un poderoso ganadero. Su impecable apariencia exterior refleja sus férreas convicciones sobre la justicia y el valor. Se niega a responder a las provocaciones, a pesar de que es consciente de que su actitud le va a granjear la fama de cobarde, incluso ante su prometida. Evita cualquier exhibicionismo de supuesta hombría, como cuando le retan a montar un caballo enrabietado. Entiende que no tiene que demostrar nada a nadie, salvo a sí mismo: por eso cuando no le ven, se apresta a domar al levantisco potro. Lo mismo ocurre con los desafíos: si ha de pelear, será sin testigos.


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Su contrapunto es el sanguíneo capataz del rancho. Aquí también funcionó el departamento de casting. Si había alguien en el Hollywood de los cincuenta que exudara testosterona a borbotones era Charlton Heston. Su masculinidad desatada –y no solo en la pantalla- representaba el ethos sobre el que se construyó el mito de la colonización del Oeste. En descargo del personaje hay que decir que el guion le otorga una justificación a su comportamiento: fue un adolescente huérfano y errante, adoptado por el terrateniente. Desde los catorce años no conoció más que extenuantes jornadas de trabajo sin otra compañía que caballos, vacas y tipos tan embrutecidos como él. Si la película hubiera ahondado más en el evidente conflicto de clase, tal vez el consenso sobre quién es el héroe de la historia se habría resquebrajado.Horizontes de grandeza es de esos filmes huidizos que no siempre llegan a donde el director quiere. En su último tercio, el foco cambia de las dos aguerridas estrellas al no menos agrio enfrentamiento entre los terratenientes locales. La película adquiere entonces connotaciones shakespearianas. Ambos se lamentan de que sus hijos no demuestren la misma nociva virilidad que les hizo a ellos abrirse camino en un territorio hostil, sin percatarse de que es precisamente ese bestialismo el que termina por jibarizar a sus descendientes. Son figuras de dimensiones bíblicas, esparciendo su semilla podrida como patriarcas del Antiguo Testamento. A pesar de su animalidad, se atienen a un cierto código de honor, al igual que otros ilustres caciques que les precedieron en la pantalla, desde el senador McCanles de Duelo al sol hasta Ike Clanton en la fordiana My Darling Clementine. Son gigantes de un tiempo pasado que terminarán devorados por la llegada del progreso, la modernidad, la civilización y el estado de derecho. Es en ese imprevisto giro cuando la película alcanza la grandeza que promete su título.

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