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Si algún sentido tienen festivales como la Semana Internacional de Cine de Valladolid es dar cabida a propuestas totalmente alejadas de los parámetros de la industria como Anoche conquisté Tebas. En un mundo perfecto, los certámenes serían rampas de lanzamiento que propiciaran después un estreno en condiciones en salas comerciales –es decir, con la adecuada publicidad, la permanencia suficiente y no solo en las grandes capitales- y de allí se pasara a las plataformas. Suena demasiado utópico para un cine cada vez más colonizado por fondos de inversión y grandes accionistas, solo interesados en la cuenta de resultados.

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Anoche conquisté Tebas recrea la misma situación en dos periodos temporales diferentes. Dos grupos de jóvenes, uno contemporáneo y otro de la Antigua Roma, se bañan en unas termas situadas en Galicia, en el noroeste español. Al abrigo de las estrellas, los chicos conversan, ríen, se hacen confidencias o simplemente dejan pasar el tiempo. Articulada en torno a largas conversaciones, la película evidencia que, a pesar de los siglos, el ser humano no ha cambiado en lo esencial.

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En efecto, los jóvenes de una época y otra, al despojarse de los ropajes y artilugios que contextualizan cada época, comparten preocupaciones esperanzas, miedos, ilusiones, alegrías y tristezas. Ayer pudo ser la guerra y hoy el cambio climático, pero la incertidumbre ante el mundo que van a heredar de sus mayores es la misma. También su rebeldía ante lo que se espera de ellos y sus anhelos de libertad. Incluso los silencios son idénticos, disfrutando simplemente del hecho, tan propio de la juventud, de estar con los amigos. Nada más que estar juntos, sin ninguna otra pretensión.

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Gabriel Azorín imprime un ritmo que invita más a la contemplación que al visionado habitual. Así, la cámara se recrea en el atado de las sandalias romanas, con sus interminables tiras, o en la identificación del firmamento mediante una aplicación del teléfono: ambos objetos son avances tecnológicos de primer orden en cada momento respectivo. Se asiste también a la resignificación de lo acontecido: hay un hilo conductor entre las batallas del pasado y los videojuegos del presente, al igual que del latín que hablan unos –sobrecoge escuchar largos diálogos en una lengua muerta- surge el portugués que hablan los otros.Pocos espectadores tendrán la oportunidad de ver Anoche conquisté Tebas. El problema de este tipo de películas no es que gusten o no, sino que no se exhiben. Se hurta al público la posibilidad de juzgar por sí mismo. Y, en paralelo, se estrecha la paleta temática y estilística a la que se acostumbra a la audiencia, especialmente a la más joven. Convendría una reflexión que trascendiera al mundo del cine para abrir espacio a propuestas culturales que a fuerza de ser marginadas, terminarán por desaparecer.
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