
Festivales como la Semana Internacional de Cine de Valladolid permiten experiencias tan gratificantes como ver en pantalla grande À bout de soufflé (Sin aliento/Al final de la escapada, según las diferentes traducciones al español) y, a continuación, Nouvelle Vague, crónica del rodaje de esa película iniciática que, junto con Los cuatrocientos golpes, de Truffaut, daría el pistoletazo de salida a un movimiento que cambiaría la forma de hacer cine para siempre.
Paradójicamente, el visionado consecutivo de ambos títulos evidencia el gigantesco abismo que separa la audaz zambullida vanguardista de Godard del bienintencionado pero un tanto inane homenaje que le hace Richard Linklater, un cineasta que siempre da menos de lo que en apariencia ofrece. Mientras que el francés reventó todos los convencionalismos narrativos y estéticos, Linklater se atiene disciplinadamente a ellos para entregar un filme que bien podría haber sido rodado en la Edad de Oro de Hollywood.

En efecto, Nouvelle Vague es, en último término, la historia mil veces contada de un visionario que lucha contra viento y marea para sacar su proyecto adelante a pesar del escepticismo de todos los que le rodean. Como es previsible, acabará triunfando y ganando para su causa a quienes en un primer momento le miraban con condescendencia. Es un relato que podría haber sido filmado por Frank Capra, Howard Hawks o William Wyler más que por la iconoclastia sesentera de los jóvenes cineastas franceses que se articulaban en torno a Cahiers du Cinéma.
Quizás hay un problema de expectativas. Al fin y al cabo, Linklater es hijo del cine clásico americano, no de las rupturas europeas. Su Nouvelle Vague es amable, optimista, agradable y despreocupadamente olvidable una vez que se sale de la sala. Aunque toda la producción y el elenco son franceses, su puesta en escena y desarrollo argumental corresponden a la comedia hollywoodiense más ligera.

No obstante, se le agradece el ejercicio de arqueología cinematográfica. Por la pantalla desfilan los artífices de aquella época irrepetible cuya onda expansiva llega hasta nuestros días: Claude Chabrol, Jean Cocteau, Eric Rohmer, Jacques Rivette, Agnès Varda, los ya citados Godard y Truffaut… Genios enfermos de celuloide que influenciaron, como reconocía Martin Scorsese, hasta a quienes nunca habían visto una película de ellos. Con que una sola persona se anime a asomarse a este fascinante universo tras haber visto la película de Linklater, ya su Nouvelle Vague habrá merecido la pena.





